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viernes, 1 de mayo de 2009

Otro día más


Una mujer rota, las costillas rotas, está ahí subida a la silla. Y del otro lado del mar, la peste avanza en barcos atestados de ratas, gente y gatos, que es probable que no lleguen vivos a destino. Un barco intestino pelea contra olas enormes, violetas impensables, que devoran su chapa y su acero, y lo expulsan con ímpetu hacia el cielo y otra vez adentro.
Francisca recuerda engripada las sopas de su abuela y llora eternamente. Lucas otro tanto, y la señora Laurel anida esperanzas en su cabecita vacua. Todo cuanto compone no termina de formarse y un cuadro expresionista, así de colores amarillos y rojos estridentes se encaja en el ojo de quien puede ver más allá.
Más acá la mujer rota que ahora come yogurt, un perrito pasea con señora y un payaso viejo circunda la plaza.
De un basural hediondo con luz mortecina, se oye el llanto de un bebé, un pequeño que aúlla, y camitas calientes y vacías se ciñen amorosas en casas sin gente.
Otro niño pide comida, y es un perro el que roba de una canasta de frutas, una manzana que mastica embabando, mientras el niño que lo ve estira la mano y pide comida.
Desfilan caretas de un blanco pálido mortal ante la plaza de todos los días, y el payaso viejo la circunda.
Tres ventanas se cierran, dos muchachas se hamacan en columpios de soga y cuatro viejas tristes se sientan quebradas a tejer munditos pequeños.
Un vendedor sopla globitos de jabón e inunda la calle con ellos. La gente pasa indiferente, pero un niño se divierte. Dos policías golpean con furia el aire, y un globito de jabón explota.
Muere en la otra cuadra un vecino. Toca la guitarra un ciego. Un grupo de amigas saborea helado de chocolate.
Aquí y allí la hora da vuelta muchas veces al reloj.
Un barco avanza hediondo. La peste desembarcará con todo. Y del otro lado tal vez nunca lo vayan a saber.

jueves, 6 de marzo de 2008

Quien

Cuando nací, no pude ver mi cara. Fui creciendo y jamás pude identificarme frente a un espejo. Me sacaron una foto a los cinco años: con un vestido verde y unos zapatos de charol. Eso me lo contó la abuela, porque la foto era blanco y negro. También me contó que esa era yo a los cinco, pero no le creí. Con ese pelo enredado... y esa sonrisa... y esas manos. No, no le creí. Ella insiste y lo asegura, dice que hasta recuerda qué temperatura hacía el día en que me la sacaron, pero yo no puedo creerle.
Desde entonces –desde que la abuela rescató la foto váyase a saber de qué rincón- la he llevado siempre conmigo. Y si siento un poco de confianza en alguien, muestro la foto a ese alguien, y le digo: “¿te parece que esta pueda ser yo?”. Casi siempre pasa lo mismo: el sujeto me mira, después se ríe, y termina por no contestarme nada. ¿Tan distinta seré? (pienso, en caso de que sea cierto) y entonces vuelvo a guardarme la foto en el bolsillo, cada vez con más angustia.

¿Quién soy?

Mi nombre no me nombra. Esto no es nuevo. Esa foto de los cinco no asegura nada. Y de bebé, fotos no tengo. Creo que es mejor. Si podría haber sido un bebé como cualquier otro... podrían mostrarme la foto de cualquier bebé y decirme que soy yo, porque todos los bebés son iguales. Yo soy igual a cualquiera, yo no me diferencio. Yo, un bebé más.

De grande no he querido sacarme fotografías. Una vez me tomaron una –de sorpresa, en un cumpleaños- y me dio pavor no reconocerme después. ¿Cómo? ¿Esa soy yo? No lo creo. Los otros si creían. Los otros siempre creen y quieren hacerme creer. Me quieren convencer. Yo no creo. Yo no soy. Yo nunca me he visto. Los espejos mienten, recrean algo ficticio. Yo me toco en el espejo y no me siento. Yo no estoy ahí.

¿Cómo puede ser?

Ah, sí. Tengo una foto carné, ahora que lo pienso. La de los dieciséis años. Nunca un fraude mayor. ¡Por favor! Ahí sí que tuvieron que hacerme firmar mi nombre frente a un escribano para que alguien justificara que esa que aparecía en la foto era yo misma. ¿Yo misma? ¿¡Yo!?

Yo... un problema para el analista. Dicen que hay un yo encerrado en este cuerpo. Todavía mejor: que yo soy ese cuerpo. Yo y cuerpo parece que lo mismo... cruda mentira. Cruda mentira porque no se puede probar: primero, que yo sea un ente que viva en mí, y muchísimo más grave aún: que los demás (no sé con qué autoridad) se atrevan a decir al verme que yo soy eso que ven. ¡Como si esta cara pudiera ser sincera! ¡Cómo si esas manos se movieran a mi antojo! Lo que ven no es lo que es. Es muy viejo eso ya de que los sentidos engañan.
En fin. Voy a volver a la foto carné. Foto, que –hay que decirlo- ojeo cada vez que puedo, que gasto con mi mirada escrutadora, que intenta captar, cada vez que la mira, algún rasgo de verdad. La verdad... la verdad... una quimera.

¡Qué triste y qué sola estoy con este dilema! Al socializarlo con los demás, “los demás” no creen que pueda estar hablando en serio. No entienden del sufrimiento. Me dicen que yo soy yo, como si eso aclarara las cosas... no hace más que confundirlas

¡Qué perversión eso de las fotografías! ¡Peor invento es el cine! ¡Qué espeluznante es ver a los muertos en la pantalla como si vivieran! ¡atrapados, eternizados en esas macabras cintas de celuloide! No, eso sí, nunca dejé que me filmaran...

En fin... ¿podré conocerme alguna vez? ¿podré saber quién soy en realidad? Pues en la “realidad” en la que todos convenimos llamar “realidad”, soy un extraño, un ciudadano más que al caminar por las calles parece formar parte de la gente, como si todos esos otros también fueran ellos mismos, como si el hecho de andar vestidos parecidos, les diera derecho a decir que son.

En fin... la soledad....

Algún día me gustaría probarme que realmente existo. Alguna vez quisiera tener una linda y profunda charla conmigo. Cuando me encuentre, claro. Por el momento... me sigo buscando. No pierdo la esperanza. Tal vez en la muerte esté la tan ansiada “verdad”

viernes, 22 de febrero de 2008

Por sobre mí

De un raspón que se raspó varias veces, friccionando mi piel aguda, surgió una ampolla que se cargó de un agua dolorosa, que emanó de mi cuerpo casi de manera milagrosa, como cuando una manzana se pudre y aparecen de la nada mosquitos y hongos que se aprovechan carroñeramente de la muerte inminente de la fruta que empezó a morir desde el momento mismo en que fue arrancada.
Una telilla transparente, de tegumento delicado, recubre la ampolla, que como un globito se mece en el lado izquierdo de mi pie. Sé que en algún momento eso va a sanar, va a reventarse y entonces otra vez recuperaré mi anatomía. Pero ahora no puedo dejar de preguntarme qué función tiene esa dolencia, esa anomalía alojada en una parte de mí, de mi raro cuerpo, maravilloso y raro, que reacciona involuntariamente ante agentes extraños que amenazan con hacerme daño.
Las cosas que pasan, cada día, cada minuto. Lo que ignoro: las células que mueren, las neuronas que se apagan, lo que se obstruye, lo que circula, lo que envejece, lo que crece (el pelo, las uñas), lo que se regenera, cómo trabaja el estómago, los ácidos que se producen, lo que se desecha, lo que vaga incansable por la sangre una y otra vez hasta completar los recorridos, el corazón y los otros músculos, el agua de los ojos, las muelas picadas, los jugos gástricos, el azúcar, la sal, el hierro, las bacterias, los virus, los anticuerpos.
Todos los días en mí se libran batallas.
Yo me levanto, me peino, tomo agua.
Camino quejándome de la nueva ampolla, que pronto se va a ir sin dejar huella, pasando, sin sentido, pero dejándome una pregunta: ¿para qué? Haciéndome pensar en el paso de los días, en mi próximo cumpleaños, en el tiempo incansable, en mi cuerpo cansado.

martes, 22 de enero de 2008

Viejo

Una sopa de fideos muy caliente. Afuera 32 grados de calor y una uña que se cae dentro la olla y que se hierve junto al brócoli y al apio amarillento, amarillento el apio, viejo, amarilloso. Apio viejo. Sopa con gusto a viejo. A viejo con camiseta italiana que se levanta todos los días para recibir el periódico a la misma hora.
El viejo está cansado. Los ojos ya le duelen.
El viejo espera la muerte.
En la calle, mientras tanto, los chicos juegan con el agua.
Las páginas recién impresas no dicen nada nuevo, y no se la van a traer (a ella)
El viejo igual lo sabe, pero por las dudas mira. Es lo único que puede hacer. Sólo así puede levantarse de esa cama hundida. Eso, y regar las plantas. Eso, y mirar por la ventana por si acaso, y por si no es caso, lo mismo. Lo mismo da, che. Che, viejo: hay olor a podrido ahí. ¿Qué estás haciendo en la cocina? ¿hirviendo un muerto? (la palabra muerto le resuena) con sus ojos cansados, rajados, amarillosos como el apio, tal vez enfermos, lo mira y sonríe levemente y luego se va mascullando alguna cosa hacia adentro, hacia adentro de la cocina y hacia adentro.
Allá adentro la sopa casi ya no queda. Los fideos pegados en el fondo. Hay que rasparlos para poder ponerlos en el plato. Todos los días pasa. ¿Qué se le va a hacer? Todos los días pasan. Cada día hay que raspar un poco más. La olla se oxida. Siempre la misma olla.
En la mesa, sobre el mantel de hule renegrecido por la grasa, apoya el plato humeante. En la primera cucharada ya se traga la uña, pero no le raspa. Los ojos perdidos en la ventana a medio abrir, en penumbras.
Los ojos vacíos, o tan llenos de tristeza. Los ojos llenísimos, desbordantes, hacia la ventana cerrada. Adentro el silencio. El silencio pasajero y quieto, no el eterno. Adentro la soledad. La soledad infinita, la soledad indecible. La nostalgia.
Soledad sucia.
Ruido a nada.
Cama vacío.
Triste fin de la vida
(de mi abuelo)

lunes, 22 de octubre de 2007

El hombre subeybaja


Como un castigo, en un rincón metálico, mirando más pared metálica y una botonera iluminada, el ascensorista sube y baja de la mañana a la noche. Cuando sale del cubículo (de su trabajo, de su hábitat) va a su casa con la cabeza gacha, no por tristeza ni sumisión, sino porque no la puede levantar. A sus ojos les cuesta acostumbrarse a la perspectiva, a un horizonte que se dibuje más allá de un metro. Poco a poco, mientras avanza la noche, el hombre se empieza a incorporar con cierta dificultad. Caminar tampoco le es tarea fácil: su cuerpo no puede –y tal vez no quiere- moverse. Sabe, en lo íntimo, que está perdiendo fuerza muscular y no quiere exigirse, asi que espera con ansias, el momento de la cama, o el del otro día, el del ascensor.
El momento de la cama tampoco le es demasiado grato, pues le es difícil conciliar el sueño, dado que su mente alienada, todavía siente que se está moviendo. Todos los días sueña que la cama se eleva y que luego baja bruscamente. A veces tiene la pesadilla de que se queda suspendido en algún lugar remoto, y entonces es cuando se despierta y desea con ímpetu que se haga de día para poder ir al trabajo. Sólo allí se siente seguro, en su rincón, en donde las reglas son claras y en donde no hay más imprevistos que una puerta que no quiera cerrarse.
El hombre subeybaja se siente a gusto con lo que le tocó en suerte, y su filosofía de vida está signada por su relación con el ascensor: que a veces se está en la cima y otras muy abajo, y así. Se maneja con esa verdad trillada y es feliz. Sólo se inquieta al pensar que algún día el edificio pueda decidir prescindir de su servicio. Eso es lo que más lo atormenta, por eso prefiere disfrutar de todos los días que tiene, y sentarse contento en su rincón, a vivir una y otra vez esa sensación ciega del movimiento. El movimiento por inercia. El movimiento en la quietud. Una experiencia metafísica.
(2007)