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sábado, 20 de septiembre de 2014

LA FIEBRE



La sirena despertó
y no podía
no podía simplemente
                                    MOVERSE
                                                       Algo o alguien la había atrapado, la tenía cautiva. Apenas un poco de agua en el fondo.
                                                           (¿En el fondo de qué?)
                                                                                                Ya no estaba en el mar.

La punta de su cola escamada fue a dar con algo rígido. Y forcejeó, pero en vano, porque estaba entubada en fino vidrio, de una delicada pared, agudísima, extrema.
Se movió a los lados y sus manos tocaron algo suave, y no había agua, casi nada.
(Estoy seca. Estoy seca. Pensó)
                                                                                                 Sintió morir.
La piel de su torso desnudo se adhería como una estampilla al reducido habitáculo, que aún no podía comprender qué podría ser.
                                                                  ¿Dónde estoy?- dijo en lenguaje de sirena, un poco cantando y otro poco llorando, y la lengua azulada de pez raro, se secó.
Le costaba respirar.

Así erguida como estaba, recordaba a un frasco de conservas exhibido en un mostrador. Se atrevió a mirar más allá, con la intención de reconocer alguna cosa.  Pero el cabello abultado, extensísimo, le impedía ver con claridad, y sus ojos celestes se pusieron salados, se espesaron y entonces todo borroso y difuso.
                                                                                         Lloró largo rato. Se agitaba apenas en el espacio que la oprimía y compactaba. Una presión en el pecho, un dolor en las caderas, un entumecimiento de la espina dorsal.
                                                                                  Entendió que era el fin (de su vida pasada al menos), y tal vez –llegó a pensar- es que sea que ya estoy muerta.
“Una pecera”, se le ocurrió. Le habían hablado de ellas. O quizás era un sueño maligno, o una alucinación.
                             Casi inmóvil, agotada de sus propios pensamientos, comenzó a dormirse, eterna.

Una enorme mano la rodeó. La sacudió con fuerza. Arriba y abajo, en posición  horizontal.
                 Volvió a despertarse. Conmovida y golpeada.
                                                                                         (Estoy viva. Y duele)

De afuera parecían no verla, pero ella estaba ahí y comenzaba a intuir algo.
La mano volvió a agitarla. Con violencia. Luego se detuvo para arremeter con ella después, en la cavidad rosa de algo blando y tibio.
                                                                              Más tarde, oscuridad.
                                                                              Y otra vez la sensación de asfixia.

Hervía.
Sintió que acabaría por derretirse.
El infierno. Una tortura. El aire, y estar tan lejos del mar.
                                                                                          (Tal vez ahora sí fuera el fin)

Algo de dulzura reconoció en la mano que entonces la sacó de allí, y que con cuidado la apoyó sobre una mesa de madera.
                                                      Desde esa perspectiva, algo mareada, confundida, observó que a su lado, había un niño: recostado en una cama, con un pañuelo en la cabeza. Parecía temblar y murmurar algo.

El pequeño, en su delirio febril, creyó ver a una sirena, que desde adentro de un termómetro, parecía spedir ayuda.
La miró fijo, y por un momento se encontraron.
A los dos les pareció, que en verdad estaba sucediendo.
La sirena se entusiasmó.
                                        Pero el niño descartó la idea. Y cerró los ojos.

  

sábado, 14 de diciembre de 2013

Por ellas

Y era espantoso, venían de a miles por todos lados. Yo estaba triste, no hacía más que pegarles con un palo que se llenaba de sangre, que me raspaba las manos, que me enrojecía, que me dejaba tan sola ahí en medio, luchando contra ellas, contra la nada, contra mí.
Una vuelta y sus hocicos.
Otra vuelta y sus patas.
Mis ojos llenos de terror.
                                       Se me caían las lágrimas.
                                       Se me rajaba el vestido.
                                                                            Me picoteaban.
                                                                                      Me llenaban de golpes.

Me duelen las piernas, la cabeza, el corazón.

Pará no pienses, dejá de pensar. Peinate.

Agarro un cepillo y lo deslizo por mi larga cabellera con dulzura. Tengo las manos heridas, así que lo hago muy despacio. Las yemas desgarradas, me cuelga la piel. Tranquilizate.

Sí. Respiro. Hay un momento de paz un silencio o estoy aturdida o me quedo sorda o no quiero oír ese silencio espantoso de la soledad.
                                                                          Hay silencio, y están cerradas las ventanas. Están afuera. Ya no van a venir.

Me voy a sentar a tomar un té de manzanilla. No te rasques.

Mejor me ato las manos o me sofoco es lo mismo. O escribo.

Voy a pensar en vos. O me sofoco. O me ato las manos. O pienso.
                                                                                                          

Otra vez. Van a venir. En enjambre van a venir. Es horroroso. El aire se violenta, golpea las ventanas, me sacude.

Comer fruta. Eso me va a salvar.

A ver. Silencio.

Y había silencio. Fue un momento, un momento bello, fresco. Una luna amarilla entraba por la ventana. Una luna anaranjada, que en vez de ascender, caía a pedazos. (Sin dudas, algo malo).

Arremetieron otra vez. Fue peor. Yo ya no tenía fuerzas. Las esperaba, pero no tenía fuerzas y no tenía con qué luchar y no sabía cómo hacerles frente.

Y ¿qué? ¡Cuando parecía que ya no había salvación, miré mi brazo flaco y de refilón: algo negro sobresalía! Una pequeña puerta. Con un  pequeño picaporte.
Una pequeña puerta en mí.
                                           La abrí.
Fue irresistible.
Se metieron dentro una atrás de otra, como si fueran succionadas por una fuerza extraña.
Yo sólo sentí cosquillas.
Cerré la puerta.
Vendé mi brazo.
Abrí las ventanas.
Afuera la noche estaba oscurísima, un poco más que mis ojos ajados.
Terminé mi té de manzanilla y me puse a esperar

                                                                                a que el cuerpo me implosionara.

jueves, 11 de abril de 2013

Delia. Último día.


Delia fuiste a la verdulería y compraste un kilo de papas y batata para el puchero. Le quedaste debiendo cincuenta centavos a Raúl y le dijiste que se lo ibas a dar mañana. Caminaste por la vereda de siempre con la bolsa en la mano y abriste la puerta oxidada de tu casa, y dejaste la bolsa y le diste de comer al perro y pusiste una olla con agua al fuego. Tenías frío, Delia, pero te reconfortaba saber que con la comidita rica te ibas a sentir tibia, y limpiaste el mantel de hule y afuera había tormenta y cerraste la ventana.
Delia, en tu olla hervía el agua y afuera también hervía algo. Al perro le pasaba algo, estaba inquieto, nervioso y le dijiste “quietecito”. Después fuiste a tu habitación y agarraste del ropero un saquito de lana verde que había tejido tu prima y te lo pusiste en los hombros y acomodaste algo en la mesita de luz en donde estaba la foto de tu esposo Tito, al que hoy no miraste y al que no le dijiste nada. Delia, volviste al comedor, arrastraste tus pies hinchados por la humedad en unas pantuflas amarillentas y te acercaste hasta la mesada a cortar las verduras que después echaste al agua. Delia, esperaste la comida, y como se venía la tormenta, entraste algunas macetas con begonias para que no se mojaran. Prendiste la televisión y miraste la  novela tranquila, mientras afuera comenzaban a caer las primeras gotas. El perro ladró y lo retaste, y luego te levantaste, serviste el  plato y comiste algunos bocados acompañada por tu soledad. Delia, pensaste en algo. Miraste a lo lejos y tuviste un recuerdo: un día de sol en el patio junto a Tito, y viste la parra desnuda allá afuera y sentiste nostalgia de aquel verano. Luego volviste tu mirada al televisor que no veías, y otra vez un recuerdo y después el viento que empezó a soplar fuerte te asustó y te sacó de algo. Delia, miraste tu batón descolorido, tus pantuflas gastadas, y no sabías Delia, no sabías.
Pusiste la tapa en la olla, pelaste una mandarina, taciturna, y pensaste en cuánto silencio había, pero después escuchaste a la lluvia y pensaste que en realidad, llovía mucho. Aseguraste algunas ventanas, dejaste el plato en la pileta y te fuiste a acostar. Soñaste con algo… con tu escuela, y después con Tito y también había sol, y estabas con él de viaje, tan jóvenes, estabas con él en un lugar que podía ser Córdoba. Y disfrutabas el sueño, Delia, disfrutabas hasta que despertaste porque algo pasó. La habitación se oscureció y empezó a hacer mucho frío. ¡Fue tan tarde, Delia, cuando pusiste un pie en el mosaico que quedó tan abajo! Fue tan tarde, porque el agua ya había entrado y aflojaba la pata de tu cama vieja. Delia, tu perro. Pensaste en él. Chapoteaste descalza. Lejos habían quedado las chinelas. Chapoteaste descalza y a oscuras en el agua fría, y llamaste a tu perro que quedó en la cocina y que se había subido a un banco. Delia, no pudiste ver porque no se dejaba, pero había cosas flotando y todo subía o se hundía, y el agua te iba quitando tu vida, de a poco, con una paciencia de araña. Como pudiste subiste a una silla, pobre Delia, y después a la mesa, y desde allí algo de luz reflejó el desastre, pero abrazada a tu perro no lloraste, porque eras fuerte y porque no pudiste pensar más que en ese abrazo. Te sentiste tan sola, Delia, pobrecita. Pensaste en un bolso, en el portarretrato de Tito, pero era mejor no moverse y no te moviste.  Cómo esperaste, Delia, en la noche interminable que vinieran a buscarte, pero nadie vino y el agua se hizo mar. Te adormeciste del frío y el animal tembló en tus brazos. Cuando no pudiste sostenerlo más, se escapó y nadó hasta donde pudo y ya no lo viste. Entonces la noche recrudeció y ahí sí temiste y le rezaste a la virgen y te pusiste a llorar. Pobrecita, aullabas ronca. El agua te helaba la sangre, y los pensamientos, más.
Tu pollera, Delia… flotó como medusa y luego tu pecho también quedó sumergido, y en la oscuridad, sólo alcanzaste a estirar el cuello y a mirar las últimas cosas: el puchero en el agua ahora sucia, el plato flotando, el televisor como un barquito, y las cosas, ¡las cosas! que se desmoronaban y se deshacían y resurgían, y se despedían, como  vos Delia que te despedías sin saberlo. Tus ojos llenos de lágrimas, tu cocinita ahogada, las paredes blandas y ahora todo blando, Delia, la lengua pesada, los brazos en cruz, todo blando Delia, todo blanco, blando, tan blando, tan cálido, tan lejos, Delia, tan seco… allá.  

GANADOR DEL 1º Premio del IV Concurso literario nacional "Sucedió bajo la lluvia", organizado por la Biblioteca Humboldt de Santa Fe.

sábado, 22 de octubre de 2011

La consagración


Amarilla, macilenta, esteparia, se movía entre la hojarasca como reptando. Era como una musgosidad, como una yema de huevo con vida, aspirando de una bocanada toda la oscuridad fresca de los pinos incólumes.
          Allá abajo, violenta, absorbiendo ramitas, hormigas y chinches, lentejuelas. Lo abrazaba todo con su pollera liviana, con su amarillosidad de sol calcinante. Caliente, en ebullición, ella iba avanzando ociosa, bella reina indiscutible, hacia su destino grabado en el puente.
                   El puente, una estructura monstruosa con miles de brazos herrosos, errantes, se erigía en aquel paisaje como un tótem al que se estaba obligado venerar.
                                                                                Allí llegó, a su orilla, y dos piecitos fugaces se animaron a cruzarlo sin desviar la mirada hacia el río, que metros más abajo, se deslizaba vehemente entre rocas y pedegrullos peregrinos de cientos de siglos de antigüedad.
El puente, una posibilidad.
                                          Y del otro lado.
                                                                   Una realidad nueva, primigenia, virgen. Enormes troncos finos como cuellos de cigüeñas buscando al sol, buscando al sol.
Aroma a zarzamoras, a violetas, a ligustros. Y un suelo cinzano sembrado de espinillos y sabia y resinas transparentes.  
                 La luz no lograba penetrar homogénea en aquella espesura, pero cuando aparecía se agradecía, y ella supo aprovecharla.
En un momento se detuvo, estacionó, petrificose. Como un reloj que se queda sin cuerda, aguardó muda en la hora señalada escuchando solamente el latido de su corazón.
El sol se fue entibiando hasta oscurecer todas las hojas, y así, bajo las primeras estrellas, se desplegó gloriosa dorando la piedra adonde había decidido  inmortalizar.
Dos grillos cantaron, un insecto chilló y en una azulidad oleaginosa, se puso a recitar palabras que trastabillaron por el frío. 
                   Alguna letra se congeló y dejó estela; algún sonido seco quedó revoloteando en el aire.
                                                           Ahora a esperar, esperáme.
El puente otra vez tembló. Alguien lo cruzó desde el lado contrario. Unos pasos huecos, tomp-tomp, revolucionaron la quietud.
                         Él, tan negro, tan rígido, rutilante, avanzó como martillo, y antes de dar el golpe, la contempló entre esmeraldas. Era de una soledad que enamoraba. La encontró así, ancha y expandida, espolvoreada de azúcar y sutil hasta la transparencia.
Qué hermosa, pensó una y otra vez. Y me espera.
Me espera. Qué hermosa. Una y otra vez.
                                                    La ventisca vino desde atrás, con fuerza extraordinaria el vendaval.
                                   Desde abajo y desde arriba el aplastamiento. Una fusión gloriosa, única y devastadora.           
        Como desenlace, una mancha.
Amarilla, macilenta, esteparia.
                                                           Una profundidad, un deshacerse para multiplicarse,    
                                                                                                                                       y morir.

domingo, 19 de junio de 2011

Manatíes

Entonces ella profundamente conmovida colgó el teléfono rojo, y se metió en la habitación, en la cama, en el sueño. La noche profunda la tragó con la ferocidad de una fiera y ella sumisa e inocente se entregó al sueño que la llevó a otro sueño que la arrastró a una orilla lejana y vieja.

Allá abajo
                 en el fondo  
                                   tan
                                        
                                         pro
                                               fun
                                                      do
                                                           se perdió entre calles oscuras, peligrosas en las que la seguían perros, y mariposas enormes con enormes mandíbulas y dientes y negras como murciélagos que a lo mejor eran murciélagos también con dientes y lengua que laceraban heridas que más tarde se daría cuenta que tenía.
                                                                                             Y por qué soy tan blanca, tan pura, que todo el mundo se va a dar cuenta, se van a dar vuelta para mirarme. Tenía una careta y era su cara pero no era y era otra y no podía ocultarse. La gente la veía llorar qué vergüenza, pero no soy yo, no soy yo, qué vergüenza. Estaba perdida
                                                                                                                      en la ruta una madrugada fría sin luna y sin casa y otros caminando con ella como vacas que señalaban otras vacas enormes, como mamuts de otra era, como manatíes, fieras sueltas escapadas de un tiempo ancestral.

Las fieras corren, las mariposas, los murciélagos, los perros y los otros, todos nosotros que es ella, que soy yo y que no y una voz que dice: no hay que correr, no corras más por favor, pero es tanto el miedo… que corre y corre, y la bestia la persigue, me respira en los talones. El pasto es seco, amarillo. Está muerto. El pasto es viejo; el camino nuevo. Se me entierran los pies, se me deshacen los pies, los huesos. Y la bestia atrás, en mis espaldas, como una sombra inherente a mi alma, como un yugo del que no puedo escapar.
            No-te-muevas.
                                   Te va a morder. Ya una vez en otro sueño te mordió una oveja negra y te moriste.
                             Pero ahora subo una montaña peligrosa, una roca endeble que se eleva ante mi vista y se desmorona, nada es estable, todo es frágil
                                                                                                Y yo
                                                                                                         Y la bestia
                                                                                                                           Que sube, sube, sube.

                                   AHORA TIENE UN CUERNO DE CRISTAL.

Algo que antes no había visto. Y es fuerte, es robusta. Como un hipopótamo, digo, como un manatí. Las patas fuertes como las de una mesa de roble. Ella trepa y yo subo, y pienso qué peligro, esto es todavía más peligroso que dejarse devorar por la bestia. Subir.
Abajo ella, y yo, y ella arriba. Las dos caras de una misma moneda
                                                                                                            Tan profundo allá abajo intuyo una verdad.
                                         Quiero llegar a mi casa, a un hogar tibio.
                                                                                                          Pero me perdí.

Quiero volver
                      pero no regreso.  

Me alejo y alejo y cuando llego a alguna parte, la que llega no soy yo.
No sé en qué parte del camino se me perdió el manatí.
No sé en qué parte nos perdimos.   
                                

viernes, 8 de abril de 2011

No... lo sé.


Vos me dirás cómo empezó esto. Yo… no lo sé. Un día la vida. Un día mi pierna. Un día el hueso. El hueso… el hueso… el corazón del hueso.
Miraron la radiografía y estaba hueco, y eso estaba ahí. Hueso de muerto.
Después la intervención.
Abrir.
Cortar.
Extirpar.
Astillar.
Extraer.
Cambiar.

Yo y una pierna de metal. Yo y la pierna ajena. Lo ajeno. Vos me dirás. ¿Fue ahí que empecé a ser otra?
¿Cuándo cambió mi rostro, que no me di cuenta?
¿Cuándo la gente empezó a mirarme de otra manera?
¿Cuándo envejecí?
¿Cuándo desapareció mi juventud?

Mi piel ajada. Las canas. Las arrugas. Los achaques.

¿Cuándo fue?
¿Y mientras tanto qué?

Me reconstruyeron, de a poquito, y no me di cuenta.
Primero fue un diente, luego una uña postiza. Más tarde una peluca. Y después la pierna.

          Ya no soy yo.

Mis ojos no son los que antes miraban las cosas con cierto brillo.
Las “cosas” se han gastado.
El mundo se “gastó”.

Y yo con él.
Y yo con él.

Miedo a la vejez, vos dirás.
Yo no me di cuenta.

¿Cuándo es que empecé a decir “viejo”?
¿Cuándo es que empecé a sentir el peso en mi espalda?

Y las cosas cambiaron, cambiaron.

Mi vientre, mi corazón.

                                         Y mi alma.

Un árbol creció en la puerta de mi casa, y yo me quedé mirando la semilla.
Al principio no me pareció.
Al principio no me dolía.
Al principio no me importaba.

Pero ahora.
Pero ahora.

Me parece.
Me duele.
Me importa.

Ahora me pesa.
Ahora los ojos.
Ahora la ventana.

El camino se acorta.
La vejez, la vejez.

¿Cuándo fue que empezó todo esto?
Tu infancia me pone cara a cara con la muerte.

Vos me dirás, cuando seas más grande…
Yo te digo: que la vida me pasó.
                                                     Y no me di cuenta.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Tres palomas

Nunca me gustaron las palomas. Me dan asco las palomas. Odio a las palomas (sobre todo a las grises y gordas) Son apestosas. Son estúpidas. Son repugnantes. Tienen los ojos inmóviles, como de vidrio y ese andar parpadeante y torpe, que volvería loco a cualquiera.

Sus patas de goma gastada y callosa se mueven histéricas en el barro o en las plazas, y su gorgojeo glo glo Glup me revuelve las tripas. Sin embargo… sin embargo… ayer iba por el parque y entre el tumulto de pies disonantes, vi rota y sola a una paloma que me dio lástima. La infeliz estaba quebrada y se arrastraba apenas allá abajo tan abajo, sin ser vista por ningún alma.

La imagen me conmovió hasta las lágrimas. Sentí su sufrimiento y me compadecí, pero fui incapaz de hacer nada.

Curiosamente, por la tarde, en otro lugar de la ciudad, me topé con otra paloma, pero ya muerta y reventada, y sin querer (lo juro: sin querer) le pisé la cabeza con mi bicicleta.

Esta mañana, en la esquina de mi casa, un policía y dos señoras conversaban ávidamente. Otros vecinos miraban de reojo. En el piso, arrugada y seca, una anciana yacía en tres partes. Alitas rotas, mirada gris.

Saqué la basura y cerré la puerta.

viernes, 10 de septiembre de 2010

Las pagodas



Ese día la temperatura al mediodía había sobrepasado los 34º, pero adentro, en la oficina, con el nuevo Split recientemente colocado, se estaba de maravilla. Ahí estaban las pagodas, en enjambre, junto a una bandeja a risotada limpia. Comían pan dulce entre los formularios B y los expedientes firmados y listos para enviar de paseo a la 316. Sus bocazas pintorroneadas de color fucsia aspiraban humo a la vez que fruta abrillantada que escupían para uno u otro lado, si la fruta todavía estaba muy verde. Hablaban bla ble bli de formas incómodas, de quejudas noticias, todas en cliché opinando sobre sandeces y temitas mayores como el cáncer de páncreas de Tota, a veces en tono más grave,  todas asintiendo: “Oh, sí. Oh, sí”
¡Qué raza las pagodas! ¡Qué encanto!
Pero describirlas sería perder el tiempo, porque todos alguna vez estuvimos con una, todos alguna vez hemos requerido de sus servicios y hemos sido tratados o maltratados por ellas. No son malas… tal vez, en ciertas ocasiones pueden resultar hostiles o agresivas, pero… son los días, el clima, los papeles, la fotocopiadora que no anda. Hay que entenderlas porque con sus tiempos, horas más, minutos menos, las pagodas harán su tarea.
            Lo importante ahora es contar esta increíble historia, la que tuvo lugar aquel 31 de diciembre en la oficina de Pagoda Ramírez, a las 11:59 AM, cuando de repente, sin que nadie se lo esperara, se declaró el asueto.
Cacarearon de felicidad. En un explicable movimiento que pareció mágico, cerraron la ventanilla de atención al público. Pagoda 1 sacó un álbum de fotos, y Pagoda 2 aprovechó para vender sus chucherías: joyitas enchapadas en oro y lencería por catálogo. Pagoda Ramírez no daba a basto con las tareas: contestaba correos, mientras imprimía planillas y se probaba en la mano algún que otro anillo con piedra fantasía. Mari abría un pan dulce, y Mirta preparaba el escritorio: sustituía lapiceros por cubiertos y resmas de papel por vasos plásticos.  Entonces pasó. Que pagoda Ramírez colapsó. Así de repente. Lo vio todo: su apuro y el de las otras. Alguien golpeando incesante la ventanilla que no abrirían, y la mesa de oficina convertida en banquete de navidad. No se sabe qué le ocurrió (tal vez el pan dulce rancio de segunda marca) pero se quedó dura. Fue como un frío que le paralizó el cuello. Alcanzó a decir “ay” y se fue al suelo. Con silla y todo. Cayó para atrás y su cabeza rebotó como una pelota. Por un solo momento -único momento inédito en el historial de esa oficina- las pagodas se callaron. Hubo silencio y después revuelo. Pagoda Ramírez ya no respiraba. Sonaron los teléfonos. Se rumoreaban todo tipo de cosas. Emergencias Médicas no tardó en llegar aunque igual fue tarde. Improvisaron una camilla, la revisonearon y mironearon. Todas comentaron y se compadecieron. Cinco minutos de conmoción tremenda en aquel piso 13. Hasta que no hubo más que hacer. Pagoda 1 tomó el teléfono para comunicar un poco ansiosa la noticia a los familiares. Ensayó el discurso hasta que le salió. Pagoda 2, lamentó la fecha y dijo algo sobre un Vitel Toné que Pagoda Ramírez debía terminar para la noche. Entonces ocurrió: que Pagoda Ramírez parece que escuchó y su deber de Pagoda la trajo desde el más allá. Vino desde tan lejos tan rápido como pudo, con tos convulsa. Abrió los ojos como huevos y expectoró una nuez que pegó contra la pantalla del monitor que había quedado encendida.  Otra vez silencio. Se incorporó confundida y mencionó algo sobre unas ventanas que nadie comprendió. El alivio se sintió en la risa y los abrazos de las otras Pagodas que pagodeaban.
            Esa noche, Pagoda Ramírez preparó el mejor vitel toné que jamás hubiera hecho, y estuvo feliz y jocosa, y hasta dio un discurso en la mesa. Comió maníes a rabiar y champaña con gusto a fresa. Al otro día no se levantó. Había cumplido con su destino de Pagoda.
                                                           

miércoles, 28 de abril de 2010

Un camino equivocado

Se tomó el bus de Edipo Rey, el que lo dejaba justo en la esquina de la casa de su madre. Cuando llegó, se dio cuenta que estaba casado con ella y se odió por eso. Antes de entrar en la casa, se le ocurrió que debía golpear la puerta tres veces, y dejó su pesada mochila en la puerta, al lado de la cucha del perro.

La puerta se abrió despacio, y entonces advirtió que la casa estaba abierta, y esto le dio miedo. No quiso entrar, pero lo hizo. No quiso mirar, pero miró. El cuerpo de su madre muerta yacía en un sillón de pana amarillo. La cabeza colgaba hacia atrás, y de la mano colgaba un racimo de uvas putrefactas, y de la boca de él (del hijo) colgaba un hilo de baba, y un sin fin de palabras que fueron cayendo silenciosas por el pecho frío del cadáver.

Pensó: “no debí tomarme ese autobús”, y después pensó: “no debí cortar aquellas flores”, y después: “no debí nacer”. Alguna cadena misteriosa de sentido relacionaba de un modo misterioso aquellas fortuitas acciones.

“No debí, no debí”. Pero allí estaba.

Miró hacia la ventana que daba al jardín (un poco para olvidarse del dolor de la pérdida) y encontró a su triciclo desarmado y oxidado por la lluvia. Fue a buscarlo. Al montarlo, se desmoronó en varias partes. Vio unas hormigas gigantes debajo de las ruedas, y entonces olvidó al triciclo. Las ramas de un árbol inmenso y violeta asomaban más allá, en el fondo lindero con la casa del vecino. Y la imagen también le provocó pánico. Algún recuerdo extraño. La sensación de soledad de una tarde de lluvia.

“Mi madre”, volvió a pensar. Y quiso regresar, pero ahora la casa estaba cerrada. Cerrada y clausurada. Tapiadas las ventanas y las puertas, y su madre adentro, literalmente ya sepultada.

Con sus uñas intentó liberarla. Dio puñetazos y patadas, pero las aberturas parecían bloques de una muralla fuerte y vieja. Del otro lado, el jardín se marchitaba. Sólo resplandecía aquel árbol violeta, pero no se animó a seguir.

Comprendió algo. Algo profundo y oscuro. Comprendió a la muerte. Añoró tardes en bicicleta, pasear con el perro que hacía rato había abandonado… su mochila y madre del otro lado, la salida imposible y lejana… aquel bus que lo llevara otra vez al presente ahora incierto, pero tangible.

jueves, 25 de marzo de 2010

Interpérrito


Su vida era un entramado de ladridos, y esto se le había vuelto en extremo complicado: en la oreja número uno, la que se ubicaba correctamente al lado del lóbulo izquierdo, se le había alojado un pequeño can, un Fox Terrier, que no lo dejaba dormir ni de día, ni de noche. Más tarde, un segundo animal -esta vez un irreverente Caniche Toy- vino a instalársele en la oreja número dos, la que se ubicaba en el otro hemisferio, el derecho, justo arriba de donde se encontraba la tercera oreja, por ahora deshabitada.

Dos semanas estuvo viviendo así, con tan peculiares huéspedes, hasta que un día, cansado de los ladridos que se amplificaban beneficiados por la fisonomía de sus cavidades, decidió llevarlos al campo. Allí se despojaría de ellos: buscaría en la estancia o el establo, algún otro ser con orejas lo suficientemente amplias para alojar a estos bichos, que se sabe, son amantes de los lugares cálidos.

Él sabía que poseía unas orejas ostentosas, suaves y mullidas, que podrían resultar peligrosas. Ya en otra oportunidad se lo habían advertido: “Usá protección” –le había dicho un amigo- “gorros o pasamontañas, pues esas entradas a tus cuevas auditivas, no están bien protegidas. No es bueno andar presumiendo en estos tiempos tan inseguros. Tus orejotas son una tentación”

Ahora recordaba esas palabras, y se lamentaba por no haber hecho caso a tan sabio consejo, que en su momento desechó por considerarlo malicioso (el amigo que profesó las palabras, sólo poseía una sola oreja pequeña, donde debería estar la nariz, y para colmo en forma de cono) Comprendía tarde que lo había prejuzgado y era momento de encontrar una solución. Además, tenía que reconocer que, dentro de todo, la suya no era una situación tan grave, ya que sus moradores, al menos, eran simpáticos perros.

“Muy simpáticos, pero así no quiero vivir -se dijo. Quiero mis orejas deshabitadas, y limpias” Así que subió a su camioneta, y manejó durante horas hacia donde tenía pergeñado un plan para deshacerse por fin de las indeseables mascotas.

Bajó pesado y caminó casi arrastrándose hacia el corral, donde recordaba, su abuelo criaba un mastodonte. Lo vio dormir apaciblemente junto a una mata de pasto, y se alegró de que todavía lo conservaran. “Es perfecto”, pensó. Se sacudió suavemente hacia los costados, como para despertar a los perros, y luego los invitó a respirar aire puro. Los animales se entusiasmaron. Descendieron divertidos, casi al mismo tiempo, y entonces él sintió el alivio de saberse otra vez dueño de su cuerpo. Los perros corretearon, dieron volteretas de alegría. Él aprovechó entonces para cubrirse las orejas y abrirle, casi al mismo tiempo, los pliegos al mastodonte.

Subió a la camioneta, y dio un portazo que alertó a los perros. Arrancó apresurado. Los canes lo persiguieron con tristeza. Por el retrovisor los siguió con la mirada, y al ver que los bichos ingresaban al mastodonte, se quedó tranquilo. El sol se escondía en el horizonte y la imagen le provocó una angustia que no conocía. Era nostalgia.

El silencio ahora subrayaba su soledad.

miércoles, 10 de febrero de 2010

La danza de Ícaro

La bailarina corrió destartalada, escapó por escaleras caracol sorteando pensamientos pesados como olas marinas en las que quedaba atrapada, ahogándose en asfixiantes corrientes azulinas. Llevaba algo entre las piernas. Los tules verdes se le enredaban como algas en las pantorrillas, pero no podía detenerse, y trastabillaba. Se agitaba, pero no dejaba de subir, y subía, pero no se elevaba. Buscaba la luz como un bicho nocturno, como una ciega larva de tierra. El corazón al galope del son de un eco hondo y lejano que se hundía en su pecho como una quebrada interminable con río y todo. Pero no se detendría a llorar. Había que llegar hasta el cielo, hasta allá, y olvidar lo que ya no podía remediarse.
Arriba, algo se chamuscaba. Una atmósfera rojiza se alcanzaba a vislumbrar. Abajo la tierra estaba ya resquebrajada y seca, pero la tierra quedaba lejos y estaba seca. “No topo, no vamos a volver a bajar. Hacia el infierno que está en el cielo, como ícaro al sol, hasta allí vamos a ir.” Enceguecida hacia arriba, hacia el fuego en lo alto de la cúpula, la bailarina danzó como una polilla vieja, se machucó alitas y expidió un hedor putrefacto.
El olor a incendio invadía ahora todos los espacios. Humo de cuadros quemados, de trajes y caretas de cartapesta, descendía por los peldaños acuarelando paredes y recuerdos con brillo de purpurina. La bailarina respiraba hondo y se henchía, hasta quedársele violeta los ojos. Pero siguió subiendo.
El calor era sofocante, un dulce calor sin embargo, el de saberse salvada por el fuego. Algunos gritos mudos en los pisos más bajos; y en el ático, una oscura, espesa y encendida libertad.
Hacia el sol como ícaro.
La bailarina apoyó sus delicados pies en media punta. Acarició el último escalón que ya quería desmoronarse, y soltó lo que traía entre las piernas. Las telas encendieron llamas. Comenzaron a calcinarla despacio desde las medias. Como una muñeca de cera, hermosa y delicada, se derritió deliciosa entre llamas perpendiculares verdeazulinas. Lo último que alcanzó a ver fue un agujero en el techo, un agujero que dejaba apreciar un cielo azul y límpido, donde un pájaro desplegó sus alas, llevando entre sus patas algo verde, como unas algas, pero más verdaderas, más frescas y más livianas.

viernes, 5 de febrero de 2010

Varias a la canasta


Una tarde cualquiera, en una casona de Campodónico, mujeres de alta alcurnia juegan endiabladas al ticket-canasta. Las horas pasan mareadas, desdibujan la tarde, la borronean, y las mujeres continúan apostando risueñas, pastelitos de membrillo y joyas caras de París. Ya no se las ve bajo la luz cansina que cae sobre la mesa, pero se las escucha chillar como langostas, y esto hasta podría resultar divertido, sí. Pero… la noche se adueña, afuera hace frío, los maridos no vendrán a buscarlas, ellas no se quejarán y ocurrirá algo horrible en la madrugada (para ser más precisos, a las tres de la mañana.)
Tres horas anteriores al meridiano, por la hendidura de la puerta cancel que da a la entrada principal, una raya fina se cuela y desde el suelo se levantan unos cimientos azules al compás de una música suave, que empiezan a poner el tono de lo que después será una trágica, pero bella escena.
Ya están todos los elementos que marcarán el destino que algún dios tenía preparado para esta noche: las mujeres a la mesa, el clima azulino, el alcohol en sangre y la raya.
En la pequeña habitación, sólo ellas, agotadas, empedernidas, después de horas de jugar y jugar cartas. Tan absorbidas están entre tréboles y ases, que no pueden advertir la intromisión de la raya, que se ha colado muda por la hendija de todas y cada una.
Las señoras almidonadas ríen burlonas, acaso divertidas, y la raya, por lo bajo, hace de las suyas: las va rayando hasta sesgarles los pies. Judith, al levantarse para tocar la campanilla, es la primera en sentir algo, pues al erguirse, se rebana prolijamente al medio y es la raya la que le ha dado el corte perfecto. Desdoblada, su mitad izquierda camina hacia el living, y la otra, retrasada, queda inmóvil, entendiendo pavorosa algo de la situación. Una amigota monigote con cogote, al verla, transpira la bota: “¡Por dios, Judith! ¡te has hecho dos!” Las demás miran absortas sin saber a quién deben escuchar ahora. La mitad de Judith que se había ido hacia el living, regresa asombrada y dice a las amigas: “¡estoy a-sombrada! ¡Tráiganme dos sombreros! ¡no tengo sombra, pero sí doble forma!” (y señalando su otra mitad): “¡y “Ella” me completa!” Todas ríen eclécticas. Una parte de Judith se mira con la otra y ambas sienten unas inmensas ganas de bailar. ¡Que se arme la fiesta! La raya se anima, al ver lo que es capaz de provocar en las mujeres. Toma ahora a Nora, la rebana, y entonces Nora también se deshace en dos figurillas que encastran. Parece liberada y sonríe satisfecha. La raya entonces se engolosina: sube de un salto a la mesa y de allí se zambulle violenta en la barriga de Mariacelia. Como un leñador la rodea hasta cerrar la circunferencia. La mitad de arriba de Mariacelia cae como un tronco; la otra queda aferrada a la silla. Todos los ojos miran el torso- cabeza de Mariacelia que tiene los ojos abiertos y quietos. Se produce un profundo silencio. Comienza a hacer frío. La raya se pasó de la raya. Mariacelia está muerta. Judith reacciona: azuza enfurecida a Nora; ésta llora y busca a su otra parte, y al darse cuenta que fue recortada, se desmaya (dos veces)
Que la fiesta termine. Todas afuera de mi casa, que cada una agarre su parte y se vaya. Esto es horrible, horrible. Que alguien se lleve a Mariacelia. Pero ninguna reacciona. Lo azul se pone negro y de la raya no queda huella. Nora se recompone de su desmayo, se acerca al costado derecho de Judith, y le dice a su sola oreja: “ya no se puede hacer nada, ¡si todas estamos muertas!”

sábado, 28 de noviembre de 2009

La oveja negra en el talón


El día:

La tarde estuvo como detenida, hasta que Laura vio a la oveja negra. No puede explicar todavía su aparición, pero no importa, porque la oveja lobo algodón, dientes amarillos afilados -todo ternura y dolor- la arrinconó en la sala de estar, mientras ella limpiaba una alfombra, con las rodillas clavadas al suelo y un tentador trasero en falda rosa que se bamboleaba como provocando. No la escuchó entrar, pero la sintió venir. Un frío le recorrió el pescuezo. Giró la cabeza despacio y allí la vio, como un corderito de dios iluminado por un aura negra que inspiraba terror y le enviaba, a través de mensajes telepáticos, imágenes horrorosas de sangre amarilla y líquido sinovial extraído de articulaciones rotas, de huesos evidentemente dañados por instrumentos quirúrgicos utilizados con seguridad por algún asesino a sueldo.
Laura tembló. Subió como pudo al mullido sillón que pareció tragársela. El animal se acercó. Las imágenes cesaron de transmitirse, y en el ojo de Laura sólo había lugar ahora para la cara de la bestia que se le vino encima con la fuerza de un león. Forcejearon. Laura cayó al piso, y ahí fue que el animal le hincó los dientes en el talón. La mordió a plena luz del día, con la impunidad de una ventana abierta. La mordió a plena luz del día. Nadie la vio entrar; nadie la vio salir. Teme que esta noche vuelva. Lo presiente. Pero no se lo dirá a Tim.

La oveja negra le mordió el talón y ella sangró. Después vino Tim y pidió que le preparara un baño caliente. Laura estaba deshecha. Subió las escaleras. Sacó del placard dos toallas bordadas con tréboles negros de cartas de póker, y las puso sobre la cama. En el baño, abrió la ducha y una bañera pronto se llenó de un agua dulzona y tibia como de río. Tim subió. Laura volvió al cuarto. Buscó allí un zapato. El otro pie supuraba. Tim entró a la ducha. Laura lo sintió en el agua y se acordó de un verano en las playas de costa verde. Al mismo tiempo Tim recordaba una paliza que su padre había dado a su abuelo. El viejo maniatado. El chico mirando. El padre de Tim con la cara azul de furia. Afuera estaba el triciclo, que pronto se llevó lejos a Tim a la plaza. Él y su triciclo, y su abuelo padeciendo maniatado en la casa.
Tim se hunde en la bañera. Juega a aguantar la respiración debajo del agua. Juega a no acordarse. Su cabeza explota, se eyecta hacia fuera: ¡Laura! ¡La cena!
Laura renguea. Busca su otro zapato, su zapato verde de cuerina verde. Busca porque un pie quedó descalzo, el herido, el de la oveja que le duele. Pero no se lo dirá a Tim. No, no. Descongelará el pollo y pensará en la tarde, y pensará en la lista del supermercado y le agregará gasas. No le dirá una sola palabra a Tim. Hablarán de la casa de campo, de las nuevas reparaciones, de los gastos. Ella hablará de la casa. Tim sólo la escuchará o pensará en la pesca mientras finge escucharla, y mientras piensa en que no es conveniente preguntar por la estela de sangre que recorre la casa. Olvidará la idea y pescará algo grande, algo monstruoso. La noche pasará blanca. La música sonará suave, y se irán acostar sin ni siquiera mirarse. Por eso es que Tim no descubrirá la herida de Laura. Por eso es que Tim no le hablará tampoco de la oveja.

La noche:

(Tim)
Un barco se incrusta por la ventana de su casa. Hay cadáveres en el comedor. Charcos de agua con olor a pescado. Tim está a salvo. Busca gente. No conoce a nadie, pero él es Tim, lo sabe, él es Tim. Un niñito se le acerca llorando. También es Tim. Tiene tres monedas antiguas en la mano. Las ofrece a Tim, pero él no puede sostenerlas. Pesan como plomo. El niñito pregunta por su madre. Tim no la conoce, pero sabe que está muerta, tirada en alguna parte de la casa. Laura baja del cuarto con un vestido radiante, rojo, de fiesta. Camina entre la gente como si le fuera natural la escena. Levanta al niño, y se lo lleva. Tim comprende que ese es su hijo. Y que Laura es la madre muerta.

(Laura)
Ella corta dos rosas en el jardín. Dos enormes rosas de color naranja. Tiene guantes. Es cuidadosa. Es una hermosa tarde de sol. El pelo le brilla. La brisa es cálida. Un pétalo de la flor se cae. Laura se agacha para recogerlo, y entonces descubre que sus dos pies están vendados. “Sin duda ha sido la oveja”, piensa. Entonces no ha sido un sueño. Los pies le sangran. La oveja ha pasado otra vez por allí, también en la noche.

La mañana:

La mañana es fría y Tim no quiere salir de la cama. Laura ya se ha levantado. La herida le duele llantos. Los talones le rechinan.
Llama a Tim. No soporta que pase tantas horas en la casa. El desayuno descansa en la mesa. Ella ya ha tomado su leche, y volverá a acostarse cuando por fin Tim se vaya del cuarto. Evitará que la vea mordida. No querrá discutir aquello con él; él tampoco querrá abrir lazos con ella. Preferirá que piense que sólo le importa la pesca, y la verdad es que Tim sólo piensa en anzuelos ensangrentados, mandíbulas rotas y quijadas desencajadas. Tim es atrapado cada día en esas redes, mientras que a Laura la muerden ovejas.
Otras cosas por el estilo han pasado también otros años, en épocas poco felices como las de ahora. Escorpiones en los azulejos del baño, y arañas anidando en pantuflas, arañas que sólo vio Laura en tardes de soledad anaranjadas. Una vez sucedió algo que a ella la angustió mucho. Tuvo un sueño: soñó que su cama estaba podrida, atestada de insectos y cucarachas. En la mañana despertó llorando. Arrancó las sábanas y despedazó el colchón con un cuchillo de cocina. No encontró nada, pero sospechó verdades terribles. Llamó a Tim, y esa noche discutieron, y tal vez un abismo se haya abierto entre ellos. Por eso es que ahora prefiere no hablarle de la oveja. Ella sabe lo que pasa cuando aparecen ovejas de la nada. Vienen de esos lugares tan oscuros, salen de ahí, de esos sótanos de los que se zafan con una habilidad que sorprende y asaltan cualquier tarde de otoño o verano. A veces sólo se quedan horas en un ropero, o en un patio. Otras, muerden, dejando terribles mordidas en tobillos o talones. Y se van sembrando dudas. Las siembran.
Laura las cosecha. Tim sale por fin de la casa.
No se miran, ni se besan.
Tim sale por fin de la casa.
Y Laura cierra la puerta.

martes, 22 de septiembre de 2009

Barullo

Hay mucho ruido aquí. Un zumbido. ¿Lo escuchan? (Pero nadie escucha) Sí, es insoportable.
(Él se levanta, y apoya su oreja contra la pared. Los demás lo miran absortos)
-¿Se siente bien?/ Sí. ¿Es que no oyen? Es un murmullo. Crece. Debe haber gente del otro lado.

(Pero no hay nadie. Salón vacío. El ruido debe estar en su cabeza)

Barullo
Trenes viejos rechinan en vías oxidadas
Niños flacos gritan, lloriquean en registros agudísimos.
Jaurías de perros participan de un coro rabioso y desafinado
Máquinas retumban en salones amplificados

Es insoportable.

-Vayanse de acá. Quiero estar solo.
Los alumnos salen asustados. Se volvió loco.
Alguien propone llamar a un médico. No logran ponerse de acuerdo. Lo dejan. Lo olvidan.

Él –pájaro rojo- aletea solo en un aula vacía.
Deben estar ahí.

El silencio es absoluto (afuera)
Adentro:
Saturación. Interferencia. Recuerdos alterados.
Una olla hierve zapatos
Dos candados en un ropero antiguo y de madera
Una visita al médico y cáncer en el estómago.
Olor a podrido en la heladera
El teléfono grita cosas en la madrugada, y no lo atiendas.

¿No lo escuchan?
(Pero no hay nadie)
Sí, hay mucha gente ahí. Debemos evacuar el lugar.
(Pero está solo)
Ah, estoy solo. Se fueron. Bien, mejor. Menos peligro para ellos. Yo voy a salir a buscarlos.

(Abre la puerta. Esas y otras muchas. Busca detrás de ellas el barullo responsable de su dolor de cabeza)

Alguien grita: “¡Profesor!”
-No te acerques. Estoy armado.
(Saca un arma y se dispara)

El zumbido desaparece. Sobreviene el silencio, y es hermoso.
¡Hermoso! ¡Hermoso! –murmura antes de morir.

viernes, 28 de agosto de 2009

Césarea

Una serpiente me descompone el alma. Traté con medicina ayurvédica y té de jengibre. Pero mi sombra se hizo más grande y oscureció media parte de mi rostro.
Dolores en la columna vertebral.
Algo abajo ahí abajo alojado
Un parásito.
Dolores matinales muy fuertes. Duras náuseas. Mareos de barco.
Anoche caminé por la cornisa de mi cama. Mis manos amarillas hacían equilibrio con un paraguas.
Temblores de los geopolíticos me removían las tripas. Y llamé al médico. Y tenía un parásito.
Una serpiente marina está descomponiendo mis palabras. Tengo un huésped en mi espalda. Me aplasta el nervio y me enceguece. Veo sopas e insectos azulinos que la nadan.
Hay que operar
juega la lana
Olor a alcohol y a bisturí quemado
se enreda la ronda romboidal
Ocho vueltas en la cama, y las ovejas no negocian
veo pijamas, lémures, luciérnagas
Aúllo de dolor. La luna sale roja
y rojos rojos en los ojos
Boca abajo e incisiones. Saquen al monstruo de mi espalda.
Aúllo de dolor, y por fin doy a luz al salvaje.
Por mi vértebra número doce, asoma la cabeza del pequeño reptil dorado.
Escupo algo espumoso. Se desinfla mi cabeza.
Ya está, ya sale.
Respiro hondo.
Es una hermosa cascabel azul. Sangra por mi eje la blandita. Lloro como una madre enternecida.
Ya está, ya salió. Era el parásito.
Me siento vacío, aliviada.
El bicho me abandona, y después muere.
Adelgazo.

viernes, 21 de agosto de 2009

Yo y las otras tres

Ellas eran tres mariposas que me acompañaron durante la jornada. Yo las vi encenderse, volar hasta mi. Meterse en el mar, en un ropero viejo yo buscaba mi ropa y un grillo me saltó al ojo. Pensé: buena suerte” y hasta luego. El grillo saltó hasta mi hombro. Yo me puse un camisón. Así, con grillo en cuerpo y un sendero marcado por mariposas, me restituí hasta llorar. Hubo un momento en que no quise seguir, pero después me senté a pensar en una piedra y pensé que no podía pasarme nada malo, si tres mariposas purpúreas me llevaban de las piernas. Anduve largo rato, qué bruta, cómo anduve, comiendo de vez en cuando bayas y tomando rocío de las flores que aparecían tímidas entre cartones cotidianos. Todo el camino estaba hecho de papel y muchas veces me pregunté si esto no lo estaba soñando (por las mariposas) pero no quise indagar por inseguridad índiga. Me da miedo lo que no es terrestre, asi que afirmé los pies a los zapatos tan acordonados y levanté vuelo con las mariposas, arrastrándome a pocos metros del suelo, pero sin volar (levando).
Cuando vi el mar celeste me dieron ganas de llorar otra vez. Risueña, estaba, lloraba de la risa, de algo tan alegre y cálido. Después me acordé.
Era de noche y las otras mariposas ya no estaban. Sola no me quiero quedar. Para eso canté una canción. Cuando la canción terminó canté otra y otra y así. Hasta que hubo silencio. Silencio abismal, de pozo. Grité en la oscuridad tremenda. Grité para escuchar mi voz. De día había estado contenta con mi sombrero amarillo y las violetas. Pero de noche sola, y entonces a hacer ruido. Pim- pam- pum. Larala. Esta soy yo. Esta soy yo.
Me dormí cuando el sol comenzó a salir.
Como una yema. Yo lo vi. Yo lo yamé yena. El sol yan. Ya, ya… la yema que yo no vi.
Las horas pasaron. Pasaron dentro del ropero donde al final parece que tomé el sueño. ¿O fue el grillo? Salí y no había camino. ¿Y las mariposas? Todo oscuro.
Volví a gritar.
¿Y mis alitas?
¿Y las ventanas?
Tengo miedo, otra vez.
La soledad el silencio.
Ellas me siguieron. Me trajeron hasta aquí.
¡Hajjjjj! (una respiración profunda, una conmoción interna, asma) ¡Hajjj!
El ropero, la oscuridad.
Ya me di cuenta.

viernes, 14 de agosto de 2009

Media playa

Dicen que un (1) hombre cansado, caminó con sueño,
sonámbulo sonando

soñando despierto

con las rodillas ligeramente torcidas hacia abajo,
haciendo llorar sus huesos,
ahogando sus meñiques impávidos,
enterrándose desterrado.

Llegó hasta un páramo-playa, se detuvo y un piano de cola -cola de perro marrón, manchada- hizo brillar sus pupilas. Se acercó, como se acerca un ogro a un espejo y vio que estaba lleno de agua. Adentro flotaba medio cuerpo (de pescado) sólo la cola (otra vez la cola, pero marcadamente angulosa) y parece que apestaba verde, el agua de río verdosa, en donde el pez desgraciadamente era sustraído por una fuerza extraña que le daba electricidad, y del shock le arrancó las vísceras y la cabeza, que fueron a parar a la playa que de sangre estaba roja ya.
El hombre, rastreó las huellas del horror y así se internó, sin darse cuenta, enceguecido, en el río putrefacto. Anduvo hacia adentro con los ojos abiertos para observar la fauna marina, pero como no estaba en el mar, sólo se encontró con mugre y restos, y más cabezas mutiladas de pejerreyes y de bagres, y un maxilar de vaca infortuitamente ahogada al confundir aparentemente el río, con un campo quemado de alfalfa.
El hombre, siguió entero (sin doblar las rodillas esta vez) y sin ahogarse. Tan cansado estaba de su cansancio, que no podía detenerse en detalles tan nimios como el agua metiéndose por su nariz y boca. Sus pulmones desgastados iban absorbiendo el agua lenta y oxidada como la de los baños públicos, tanquecitos sarrosos de líquido marrón amarronado. Los oídos sordos, repletos de escarolas y plantas acuáticas, y algas agarradas a la laringe como serpientes ensañadas. Los ojos cada vez más abiertos, desorbitados, como saliéndose por la presión ejercida en el cuello. El hombre cansado, cada vez más cansado, juntaba en acto mecánico el espinazo de los peces y los tiraba (en acto mecánico también) otra vez al agua, mientras se internaba profundo,
cada vez más profundo,
en el río de mierda,
con la convicción, de que estaba
llegando
a algún lugar.

viernes, 10 de abril de 2009

Las viudas del mar


El pueblo de Guiraldes espera con ansia a sus hombres. Las callejuelas que llevan al puerto han sido decoradas por las manos laboriosas de las mujeres que durante la primavera han estado juntando flores. La larga y eterna primavera. La eterna espera que dio como fruto las miles de coronas y guirnaldas de florecillas disecadas que hoy adornan las veredas.
Las horas se van en preparativos. Los niños corren entre mandaderas y recados. Las abuelas cocinan suculentos platos en las barrigas de los hornos a leña. Las mujeres, “las viudas azules” –como las llaman- se apuran a terminar con los últimos detalles de la fiesta, para luego ir a probarse sus vestidos nuevos, los vestidos coloridos, las telas suaves.
Se acerca el momento en que la “gran fragata” tiene que llegar para devolver lo que se robó hace algún tiempo atrás: los muchachos imberbes y los padres de familia, los viejos lobos de mar y los abuelos.
Una sirena suena. Las mujeres revolotean como pájaros y en bandada corren agitadas hacia la costanera. A lo lejos se ve un barco, un barco grande y de madera.
Una comadrona que mira con binoculares da una señal de alerta. Se enfilan las otras con obsequios y canastas con alimentos.
Aguardan expectantes.
Alguien hace dudar al resto. Tal vez no sean ellos.
Las mujeres, como un ejército de figurillas de cera, permanecen quietas, con su mirada a lo lejos, perdidas, en mitad del océano.