sábado, 20 de septiembre de 2014
LA FIEBRE
sábado, 14 de diciembre de 2013
Por ellas
jueves, 11 de abril de 2013
Delia. Último día.
GANADOR DEL 1º Premio del IV Concurso literario nacional "Sucedió bajo la lluvia", organizado por la Biblioteca Humboldt de Santa Fe.
sábado, 22 de octubre de 2011
La consagración
domingo, 19 de junio de 2011
Manatíes
viernes, 8 de abril de 2011
No... lo sé.
miércoles, 10 de noviembre de 2010
Tres palomas
Nunca me gustaron las palomas. Me dan asco las palomas. Odio a las palomas (sobre todo a las grises y gordas) Son apestosas. Son estúpidas. Son repugnantes. Tienen los ojos inmóviles, como de vidrio y ese andar parpadeante y torpe, que volvería loco a cualquiera.
Sus patas de goma gastada y callosa se mueven histéricas en el barro o en las plazas, y su gorgojeo glo glo Glup me revuelve las tripas. Sin embargo… sin embargo… ayer iba por el parque y entre el tumulto de pies disonantes, vi rota y sola a una paloma que me dio lástima. La infeliz estaba quebrada y se arrastraba apenas allá abajo tan abajo, sin ser vista por ningún alma.
La imagen me conmovió hasta las lágrimas. Sentí su sufrimiento y me compadecí, pero fui incapaz de hacer nada.
Curiosamente, por la tarde, en otro lugar de la ciudad, me topé con otra paloma, pero ya muerta y reventada, y sin querer (lo juro: sin querer) le pisé la cabeza con mi bicicleta.
Esta mañana, en la esquina de mi casa, un policía y dos señoras conversaban ávidamente. Otros vecinos miraban de reojo. En el piso, arrugada y seca, una anciana yacía en tres partes. Alitas rotas, mirada gris.
Saqué la basura y cerré la puerta.
viernes, 10 de septiembre de 2010
Las pagodas
miércoles, 28 de abril de 2010
Un camino equivocado
Se tomó el bus de Edipo Rey, el que lo dejaba justo en la esquina de la casa de su madre. Cuando llegó, se dio cuenta que estaba casado con ella y se odió por eso. Antes de entrar en la casa, se le ocurrió que debía golpear la puerta tres veces, y dejó su pesada mochila en la puerta, al lado de la cucha del perro.
La puerta se abrió despacio, y entonces advirtió que la casa estaba abierta, y esto le dio miedo. No quiso entrar, pero lo hizo. No quiso mirar, pero miró. El cuerpo de su madre muerta yacía en un sillón de pana amarillo. La cabeza colgaba hacia atrás, y de la mano colgaba un racimo de uvas putrefactas, y de la boca de él (del hijo) colgaba un hilo de baba, y un sin fin de palabras que fueron cayendo silenciosas por el pecho frío del cadáver.
Pensó: “no debí tomarme ese autobús”, y después pensó: “no debí cortar aquellas flores”, y después: “no debí nacer”. Alguna cadena misteriosa de sentido relacionaba de un modo misterioso aquellas fortuitas acciones.
“No debí, no debí”. Pero allí estaba.
Miró hacia la ventana que daba al jardín (un poco para olvidarse del dolor de la pérdida) y encontró a su triciclo desarmado y oxidado por la lluvia. Fue a buscarlo. Al montarlo, se desmoronó en varias partes. Vio unas hormigas gigantes debajo de las ruedas, y entonces olvidó al triciclo. Las ramas de un árbol inmenso y violeta asomaban más allá, en el fondo lindero con la casa del vecino. Y la imagen también le provocó pánico. Algún recuerdo extraño. La sensación de soledad de una tarde de lluvia.
“Mi madre”, volvió a pensar. Y quiso regresar, pero ahora la casa estaba cerrada. Cerrada y clausurada. Tapiadas las ventanas y las puertas, y su madre adentro, literalmente ya sepultada.
Con sus uñas intentó liberarla. Dio puñetazos y patadas, pero las aberturas parecían bloques de una muralla fuerte y vieja. Del otro lado, el jardín se marchitaba. Sólo resplandecía aquel árbol violeta, pero no se animó a seguir.
Comprendió algo. Algo profundo y oscuro. Comprendió a la muerte. Añoró tardes en bicicleta, pasear con el perro que hacía rato había abandonado… su mochila y madre del otro lado, la salida imposible y lejana… aquel bus que lo llevara otra vez al presente ahora incierto, pero tangible.
jueves, 25 de marzo de 2010
Interpérrito

Su vida era un entramado de ladridos, y esto se le había vuelto en extremo complicado: en la oreja número uno, la que se ubicaba correctamente al lado del lóbulo izquierdo, se le había alojado un pequeño can, un Fox Terrier, que no lo dejaba dormir ni de día, ni de noche. Más tarde, un segundo animal -esta vez un irreverente Caniche Toy- vino a instalársele en la oreja número dos, la que se ubicaba en el otro hemisferio, el derecho, justo arriba de donde se encontraba la tercera oreja, por ahora deshabitada.
Dos semanas estuvo viviendo así, con tan peculiares huéspedes, hasta que un día, cansado de los ladridos que se amplificaban beneficiados por la fisonomía de sus cavidades, decidió llevarlos al campo. Allí se despojaría de ellos: buscaría en la estancia o el establo, algún otro ser con orejas lo suficientemente amplias para alojar a estos bichos, que se sabe, son amantes de los lugares cálidos.
Él sabía que poseía unas orejas ostentosas, suaves y mullidas, que podrían resultar peligrosas. Ya en otra oportunidad se lo habían advertido: “Usá protección” –le había dicho un amigo- “gorros o pasamontañas, pues esas entradas a tus cuevas auditivas, no están bien protegidas. No es bueno andar presumiendo en estos tiempos tan inseguros. Tus orejotas son una tentación”
Ahora recordaba esas palabras, y se lamentaba por no haber hecho caso a tan sabio consejo, que en su momento desechó por considerarlo malicioso (el amigo que profesó las palabras, sólo poseía una sola oreja pequeña, donde debería estar la nariz, y para colmo en forma de cono) Comprendía tarde que lo había prejuzgado y era momento de encontrar una solución. Además, tenía que reconocer que, dentro de todo, la suya no era una situación tan grave, ya que sus moradores, al menos, eran simpáticos perros.
“Muy simpáticos, pero así no quiero vivir -se dijo. Quiero mis orejas deshabitadas, y limpias” Así que subió a su camioneta, y manejó durante horas hacia donde tenía pergeñado un plan para deshacerse por fin de las indeseables mascotas.
Bajó pesado y caminó casi arrastrándose hacia el corral, donde recordaba, su abuelo criaba un mastodonte. Lo vio dormir apaciblemente junto a una mata de pasto, y se alegró de que todavía lo conservaran. “Es perfecto”, pensó. Se sacudió suavemente hacia los costados, como para despertar a los perros, y luego los invitó a respirar aire puro. Los animales se entusiasmaron. Descendieron divertidos, casi al mismo tiempo, y entonces él sintió el alivio de saberse otra vez dueño de su cuerpo. Los perros corretearon, dieron volteretas de alegría. Él aprovechó entonces para cubrirse las orejas y abrirle, casi al mismo tiempo, los pliegos al mastodonte.
Subió a la camioneta, y dio un portazo que alertó a los perros. Arrancó apresurado. Los canes lo persiguieron con tristeza. Por el retrovisor los siguió con la mirada, y al ver que los bichos ingresaban al mastodonte, se quedó tranquilo. El sol se escondía en el horizonte y la imagen le provocó una angustia que no conocía. Era nostalgia.
El silencio ahora subrayaba su soledad.
miércoles, 10 de febrero de 2010
La danza de Ícaro
La bailarina corrió destartalada, escapó por escaleras caracol sorteando pensamientos pesados como olas marinas en las que quedaba atrapada, ahogándose en asfixiantes corrientes azulinas. Llevaba algo entre las piernas. Los tules verdes se le enredaban como algas en las pantorrillas, pero no podía detenerse, y trastabillaba. Se agitaba, pero no dejaba de subir, y subía, pero no se elevaba. Buscaba la luz como un bicho nocturno, como una ciega larva de tierra. El corazón al galope del son de un eco hondo y lejano que se hundía en su pecho como una quebrada interminable con río y todo. Pero no se detendría a llorar. Había que llegar hasta el cielo, hasta allá, y olvidar lo que ya no podía remediarse.Arriba, algo se chamuscaba. Una atmósfera rojiza se alcanzaba a vislumbrar. Abajo la tierra estaba ya resquebrajada y seca, pero la tierra quedaba lejos y estaba seca. “No topo, no vamos a volver a bajar. Hacia el infierno que está en el cielo, como ícaro al sol, hasta allí vamos a ir.” Enceguecida hacia arriba, hacia el fuego en lo alto de la cúpula, la bailarina danzó como una polilla vieja, se machucó alitas y expidió un hedor putrefacto.
El olor a incendio invadía ahora todos los espacios. Humo de cuadros quemados, de trajes y caretas de cartapesta, descendía por los peldaños acuarelando paredes y recuerdos con brillo de purpurina. La bailarina respiraba hondo y se henchía, hasta quedársele violeta los ojos. Pero siguió subiendo.
El calor era sofocante, un dulce calor sin embargo, el de saberse salvada por el fuego. Algunos gritos mudos en los pisos más bajos; y en el ático, una oscura, espesa y encendida libertad.
Hacia el sol como ícaro.
La bailarina apoyó sus delicados pies en media punta. Acarició el último escalón que ya quería desmoronarse, y soltó lo que traía entre las piernas. Las telas encendieron llamas. Comenzaron a calcinarla despacio desde las medias. Como una muñeca de cera, hermosa y delicada, se derritió deliciosa entre llamas perpendiculares verdeazulinas. Lo último que alcanzó a ver fue un agujero en el techo, un agujero que dejaba apreciar un cielo azul y límpido, donde un pájaro desplegó sus alas, llevando entre sus patas algo verde, como unas algas, pero más verdaderas, más frescas y más livianas.
viernes, 5 de febrero de 2010
Varias a la canasta
Una tarde cualquiera, en una casona de Campodónico, mujeres de alta alcurnia juegan endiabladas al ticket-canasta. Las horas pasan mareadas, desdibujan la tarde, la borronean, y las mujeres continúan apostando risueñas, pastelitos de membrillo y joyas caras de París. Ya no se las ve bajo la luz cansina que cae sobre la mesa, pero se las escucha chillar como langostas, y esto hasta podría resultar divertido, sí. Pero… la noche se adueña, afuera hace frío, los maridos no vendrán a buscarlas, ellas no se quejarán y ocurrirá algo horrible en la madrugada (para ser más precisos, a las tres de la mañana.)
Tres horas anteriores al meridiano, por la hendidura de la puerta cancel que da a la entrada principal, una raya fina se cuela y desde el suelo se levantan unos cimientos azules al compás de una música suave, que empiezan a poner el tono de lo que después será una trágica, pero bella escena.
Ya están todos los elementos que marcarán el destino que algún dios tenía preparado para esta noche: las mujeres a la mesa, el clima azulino, el alcohol en sangre y la raya.
En la pequeña habitación, sólo ellas, agotadas, empedernidas, después de horas de jugar y jugar cartas. Tan absorbidas están entre tréboles y ases, que no pueden advertir la intromisión de la raya, que se ha colado muda por la hendija de todas y cada una.
Las señoras almidonadas ríen burlonas, acaso divertidas, y la raya, por lo bajo, hace de las suyas: las va rayando hasta sesgarles los pies. Judith, al levantarse para tocar la campanilla, es la primera en sentir algo, pues al erguirse, se rebana prolijamente al medio y es la raya la que le ha dado el corte perfecto. Desdoblada, su mitad izquierda camina hacia el living, y la otra, retrasada, queda inmóvil, entendiendo pavorosa algo de la situación. Una amigota monigote con cogote, al verla, transpira la bota: “¡Por dios, Judith! ¡te has hecho dos!” Las demás miran absortas sin saber a quién deben escuchar ahora. La mitad de Judith que se había ido hacia el living, regresa asombrada y dice a las amigas: “¡estoy a-sombrada! ¡Tráiganme dos sombreros! ¡no tengo sombra, pero sí doble forma!” (y señalando su otra mitad): “¡y “Ella” me completa!” Todas ríen eclécticas. Una parte de Judith se mira con la otra y ambas sienten unas inmensas ganas de bailar. ¡Que se arme la fiesta! La raya se anima, al ver lo que es capaz de provocar en las mujeres. Toma ahora a Nora, la rebana, y entonces Nora también se deshace en dos figurillas que encastran. Parece liberada y sonríe satisfecha. La raya entonces se engolosina: sube de un salto a la mesa y de allí se zambulle violenta en la barriga de Mariacelia. Como un leñador la rodea hasta cerrar la circunferencia. La mitad de arriba de Mariacelia cae como un tronco; la otra queda aferrada a la silla. Todos los ojos miran el torso- cabeza de Mariacelia que tiene los ojos abiertos y quietos. Se produce un profundo silencio. Comienza a hacer frío. La raya se pasó de la raya. Mariacelia está muerta. Judith reacciona: azuza enfurecida a Nora; ésta llora y busca a su otra parte, y al darse cuenta que fue recortada, se desmaya (dos veces)
Que la fiesta termine. Todas afuera de mi casa, que cada una agarre su parte y se vaya. Esto es horrible, horrible. Que alguien se lleve a Mariacelia. Pero ninguna reacciona. Lo azul se pone negro y de la raya no queda huella. Nora se recompone de su desmayo, se acerca al costado derecho de Judith, y le dice a su sola oreja: “ya no se puede hacer nada, ¡si todas estamos muertas!”
sábado, 28 de noviembre de 2009
La oveja negra en el talón

La tarde estuvo como detenida, hasta que Laura vio a la oveja negra. No puede explicar todavía su aparición, pero no importa, porque la oveja lobo algodón, dientes amarillos afilados -todo ternura y dolor- la arrinconó en la sala de estar, mientras ella limpiaba una alfombra, con las rodillas clavadas al suelo y un tentador trasero en falda rosa que se bamboleaba como provocando. No la escuchó entrar, pero la sintió venir. Un frío le recorrió el pescuezo. Giró la cabeza despacio y allí la vio, como un corderito de dios iluminado por un aura negra que inspiraba terror y le enviaba, a través de mensajes telepáticos, imágenes horrorosas de sangre amarilla y líquido sinovial extraído de articulaciones rotas, de huesos evidentemente dañados por instrumentos quirúrgicos utilizados con seguridad por algún asesino a sueldo.
Laura tembló. Subió como pudo al mullido sillón que pareció tragársela. El animal se acercó. Las imágenes cesaron de transmitirse, y en el ojo de Laura sólo había lugar ahora para la cara de la bestia que se le vino encima con la fuerza de un león. Forcejearon. Laura cayó al piso, y ahí fue que el animal le hincó los dientes en el talón. La mordió a plena luz del día, con la impunidad de una ventana abierta. La mordió a plena luz del día. Nadie la vio entrar; nadie la vio salir. Teme que esta noche vuelva. Lo presiente. Pero no se lo dirá a Tim.
La oveja negra le mordió el talón y ella sangró. Después vino Tim y pidió que le preparara un baño caliente. Laura estaba deshecha. Subió las escaleras. Sacó del placard dos toallas bordadas con tréboles negros de cartas de póker, y las puso sobre la cama. En el baño, abrió la ducha y una bañera pronto se llenó de un agua dulzona y tibia como de río. Tim subió. Laura volvió al cuarto. Buscó allí un zapato. El otro pie supuraba. Tim entró a la ducha. Laura lo sintió en el agua y se acordó de un verano en las playas de costa verde. Al mismo tiempo Tim recordaba una paliza que su padre había dado a su abuelo. El viejo maniatado. El chico mirando. El padre de Tim con la cara azul de furia. Afuera estaba el triciclo, que pronto se llevó lejos a Tim a la plaza. Él y su triciclo, y su abuelo padeciendo maniatado en la casa.
Tim se hunde en la bañera. Juega a aguantar la respiración debajo del agua. Juega a no acordarse. Su cabeza explota, se eyecta hacia fuera: ¡Laura! ¡La cena!
Laura renguea. Busca su otro zapato, su zapato verde de cuerina verde. Busca porque un pie quedó descalzo, el herido, el de la oveja que le duele. Pero no se lo dirá a Tim. No, no. Descongelará el pollo y pensará en la tarde, y pensará en la lista del supermercado y le agregará gasas. No le dirá una sola palabra a Tim. Hablarán de la casa de campo, de las nuevas reparaciones, de los gastos. Ella hablará de la casa. Tim sólo la escuchará o pensará en la pesca mientras finge escucharla, y mientras piensa en que no es conveniente preguntar por la estela de sangre que recorre la casa. Olvidará la idea y pescará algo grande, algo monstruoso. La noche pasará blanca. La música sonará suave, y se irán acostar sin ni siquiera mirarse. Por eso es que Tim no descubrirá la herida de Laura. Por eso es que Tim no le hablará tampoco de la oveja.
La noche:
(Tim)
Un barco se incrusta por la ventana de su casa. Hay cadáveres en el comedor. Charcos de agua con olor a pescado. Tim está a salvo. Busca gente. No conoce a nadie, pero él es Tim, lo sabe, él es Tim. Un niñito se le acerca llorando. También es Tim. Tiene tres monedas antiguas en la mano. Las ofrece a Tim, pero él no puede sostenerlas. Pesan como plomo. El niñito pregunta por su madre. Tim no la conoce, pero sabe que está muerta, tirada en alguna parte de la casa. Laura baja del cuarto con un vestido radiante, rojo, de fiesta. Camina entre la gente como si le fuera natural la escena. Levanta al niño, y se lo lleva. Tim comprende que ese es su hijo. Y que Laura es la madre muerta.
(Laura)
Ella corta dos rosas en el jardín. Dos enormes rosas de color naranja. Tiene guantes. Es cuidadosa. Es una hermosa tarde de sol. El pelo le brilla. La brisa es cálida. Un pétalo de la flor se cae. Laura se agacha para recogerlo, y entonces descubre que sus dos pies están vendados. “Sin duda ha sido la oveja”, piensa. Entonces no ha sido un sueño. Los pies le sangran. La oveja ha pasado otra vez por allí, también en la noche.
La mañana:
La mañana es fría y Tim no quiere salir de la cama. Laura ya se ha levantado. La herida le duele llantos. Los talones le rechinan.
Llama a Tim. No soporta que pase tantas horas en la casa. El desayuno descansa en la mesa. Ella ya ha tomado su leche, y volverá a acostarse cuando por fin Tim se vaya del cuarto. Evitará que la vea mordida. No querrá discutir aquello con él; él tampoco querrá abrir lazos con ella. Preferirá que piense que sólo le importa la pesca, y la verdad es que Tim sólo piensa en anzuelos ensangrentados, mandíbulas rotas y quijadas desencajadas. Tim es atrapado cada día en esas redes, mientras que a Laura la muerden ovejas.
Otras cosas por el estilo han pasado también otros años, en épocas poco felices como las de ahora. Escorpiones en los azulejos del baño, y arañas anidando en pantuflas, arañas que sólo vio Laura en tardes de soledad anaranjadas. Una vez sucedió algo que a ella la angustió mucho. Tuvo un sueño: soñó que su cama estaba podrida, atestada de insectos y cucarachas. En la mañana despertó llorando. Arrancó las sábanas y despedazó el colchón con un cuchillo de cocina. No encontró nada, pero sospechó verdades terribles. Llamó a Tim, y esa noche discutieron, y tal vez un abismo se haya abierto entre ellos. Por eso es que ahora prefiere no hablarle de la oveja. Ella sabe lo que pasa cuando aparecen ovejas de la nada. Vienen de esos lugares tan oscuros, salen de ahí, de esos sótanos de los que se zafan con una habilidad que sorprende y asaltan cualquier tarde de otoño o verano. A veces sólo se quedan horas en un ropero, o en un patio. Otras, muerden, dejando terribles mordidas en tobillos o talones. Y se van sembrando dudas. Las siembran.
Laura las cosecha. Tim sale por fin de la casa.
No se miran, ni se besan.
Tim sale por fin de la casa.
Y Laura cierra la puerta.
martes, 22 de septiembre de 2009
Barullo
(Él se levanta, y apoya su oreja contra la pared. Los demás lo miran absortos)
-¿Se siente bien?/ Sí. ¿Es que no oyen? Es un murmullo. Crece. Debe haber gente del otro lado.
(Pero no hay nadie. Salón vacío. El ruido debe estar en su cabeza)
Barullo
Trenes viejos rechinan en vías oxidadas
Niños flacos gritan, lloriquean en registros agudísimos.
Jaurías de perros participan de un coro rabioso y desafinado
Máquinas retumban en salones amplificados
Es insoportable.
-Vayanse de acá. Quiero estar solo.
Los alumnos salen asustados. Se volvió loco.
Alguien propone llamar a un médico. No logran ponerse de acuerdo. Lo dejan. Lo olvidan.
Él –pájaro rojo- aletea solo en un aula vacía.
Deben estar ahí.
El silencio es absoluto (afuera)
Adentro:
Saturación. Interferencia. Recuerdos alterados.
Una olla hierve zapatos
Dos candados en un ropero antiguo y de madera
Una visita al médico y cáncer en el estómago.
Olor a podrido en la heladera
El teléfono grita cosas en la madrugada, y no lo atiendas.
¿No lo escuchan?
(Pero no hay nadie)
Sí, hay mucha gente ahí. Debemos evacuar el lugar.
(Pero está solo)
Ah, estoy solo. Se fueron. Bien, mejor. Menos peligro para ellos. Yo voy a salir a buscarlos.
(Abre la puerta. Esas y otras muchas. Busca detrás de ellas el barullo responsable de su dolor de cabeza)
Alguien grita: “¡Profesor!”
-No te acerques. Estoy armado.
(Saca un arma y se dispara)
El zumbido desaparece. Sobreviene el silencio, y es hermoso.
¡Hermoso! ¡Hermoso! –murmura antes de morir.
viernes, 28 de agosto de 2009
Césarea
Una serpiente me descompone el alma. Traté con medicina ayurvédica y té de jengibre. Pero mi sombra se hizo más grande y oscureció media parte de mi rostro.Dolores en la columna vertebral.
Algo abajo ahí abajo alojado
Un parásito.
Dolores matinales muy fuertes. Duras náuseas. Mareos de barco.
Anoche caminé por la cornisa de mi cama. Mis manos amarillas hacían equilibrio con un paraguas.
Temblores de los geopolíticos me removían las tripas. Y llamé al médico. Y tenía un parásito.
Una serpiente marina está descomponiendo mis palabras. Tengo un huésped en mi espalda. Me aplasta el nervio y me enceguece. Veo sopas e insectos azulinos que la nadan.
Hay que operar
juega la lana
Olor a alcohol y a bisturí quemado
se enreda la ronda romboidal
Ocho vueltas en la cama, y las ovejas no negocian
veo pijamas, lémures, luciérnagas
Aúllo de dolor. La luna sale roja
y rojos rojos en los ojos
Boca abajo e incisiones. Saquen al monstruo de mi espalda.
Aúllo de dolor, y por fin doy a luz al salvaje.
Por mi vértebra número doce, asoma la cabeza del pequeño reptil dorado.
Escupo algo espumoso. Se desinfla mi cabeza.
Ya está, ya sale.
Respiro hondo.
Es una hermosa cascabel azul. Sangra por mi eje la blandita. Lloro como una madre enternecida.
Ya está, ya salió. Era el parásito.
Me siento vacío, aliviada.
El bicho me abandona, y después muere.
Adelgazo.
viernes, 21 de agosto de 2009
Yo y las otras tres
Cuando vi el mar celeste me dieron ganas de llorar otra vez. Risueña, estaba, lloraba de la risa, de algo tan alegre y cálido. Después me acordé.
Era de noche y las otras mariposas ya no estaban. Sola no me quiero quedar. Para eso canté una canción. Cuando la canción terminó canté otra y otra y así. Hasta que hubo silencio. Silencio abismal, de pozo. Grité en la oscuridad tremenda. Grité para escuchar mi voz. De día había estado contenta con mi sombrero amarillo y las violetas. Pero de noche sola, y entonces a hacer ruido. Pim- pam- pum. Larala. Esta soy yo. Esta soy yo.
Me dormí cuando el sol comenzó a salir.
Como una yema. Yo lo vi. Yo lo yamé yena. El sol yan. Ya, ya… la yema que yo no vi.
Las horas pasaron. Pasaron dentro del ropero donde al final parece que tomé el sueño. ¿O fue el grillo? Salí y no había camino. ¿Y las mariposas? Todo oscuro.
Volví a gritar.
¿Y mis alitas?
¿Y las ventanas?
Tengo miedo, otra vez.
La soledad el silencio.
Ellas me siguieron. Me trajeron hasta aquí.
¡Hajjjjj! (una respiración profunda, una conmoción interna, asma) ¡Hajjj!
El ropero, la oscuridad.
Ya me di cuenta.
viernes, 14 de agosto de 2009
Media playa
sonámbulo sonando
soñando despierto
con las rodillas ligeramente torcidas hacia abajo,
haciendo llorar sus huesos,
ahogando sus meñiques impávidos,
enterrándose desterrado.
Llegó hasta un páramo-playa, se detuvo y un piano de cola -cola de perro marrón, manchada- hizo brillar sus pupilas. Se acercó, como se acerca un ogro a un espejo y vio que estaba lleno de agua. Adentro flotaba medio cuerpo (de pescado) sólo la cola (otra vez la cola, pero marcadamente angulosa) y parece que apestaba verde, el agua de río verdosa, en donde el pez desgraciadamente era sustraído por una fuerza extraña que le daba electricidad, y del shock le arrancó las vísceras y la cabeza, que fueron a parar a la playa que de sangre estaba roja ya.
El hombre, rastreó las huellas del horror y así se internó, sin darse cuenta, enceguecido, en el río putrefacto. Anduvo hacia adentro con los ojos abiertos para observar la fauna marina, pero como no estaba en el mar, sólo se encontró con mugre y restos, y más cabezas mutiladas de pejerreyes y de bagres, y un maxilar de vaca infortuitamente ahogada al confundir aparentemente el río, con un campo quemado de alfalfa.
El hombre, siguió entero (sin doblar las rodillas esta vez) y sin ahogarse. Tan cansado estaba de su cansancio, que no podía detenerse en detalles tan nimios como el agua metiéndose por su nariz y boca. Sus pulmones desgastados iban absorbiendo el agua lenta y oxidada como la de los baños públicos, tanquecitos sarrosos de líquido marrón amarronado. Los oídos sordos, repletos de escarolas y plantas acuáticas, y algas agarradas a la laringe como serpientes ensañadas. Los ojos cada vez más abiertos, desorbitados, como saliéndose por la presión ejercida en el cuello. El hombre cansado, cada vez más cansado, juntaba en acto mecánico el espinazo de los peces y los tiraba (en acto mecánico también) otra vez al agua, mientras se internaba profundo,
cada vez más profundo,
en el río de mierda,
con la convicción, de que estaba
llegando
a algún lugar.
viernes, 10 de abril de 2009
Las viudas del mar

Las horas se van en preparativos. Los niños corren entre mandaderas y recados. Las abuelas cocinan suculentos platos en las barrigas de los hornos a leña. Las mujeres, “las viudas azules” –como las llaman- se apuran a terminar con los últimos detalles de la fiesta, para luego ir a probarse sus vestidos nuevos, los vestidos coloridos, las telas suaves.
Se acerca el momento en que la “gran fragata” tiene que llegar para devolver lo que se robó hace algún tiempo atrás: los muchachos imberbes y los padres de familia, los viejos lobos de mar y los abuelos.
Una sirena suena. Las mujeres revolotean como pájaros y en bandada corren agitadas hacia la costanera. A lo lejos se ve un barco, un barco grande y de madera.
Una comadrona que mira con binoculares da una señal de alerta. Se enfilan las otras con obsequios y canastas con alimentos.
Aguardan expectantes.
Alguien hace dudar al resto. Tal vez no sean ellos.
Las mujeres, como un ejército de figurillas de cera, permanecen quietas, con su mirada a lo lejos, perdidas, en mitad del océano.