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miércoles, 9 de abril de 2014

Un experimento

Un experimento


Tenés que dejar que salgan las burbujas, porque si le quedan burbujas, el líquido no irriga, entonces no puede pensar. Tenés que apretarle ahí, ahí debajo del lóbulo izquierdo. Eso hacían en las lobotomías, presionaban para obstruir el paso de lo que no servía, del fluido malicioso, de los sedimentos malignos, amarillos. Hay que tener cierta precisión y pericia, pues sino los resultados no van a ser tan buenos. Así está mejor ¿ves? Se está poniendo violeta, eso es un signo de hematoma. Un hematoma está anunciando un derrame, un buen derrame. Hay que saber aprovechar estos momentos. Mirar bien bajo la curtiembre, raspar fuerte la primera capa de la dermis, la epidermis, frotar, seguir con la yema del dedo el sentido en que corre la sangre, movilizarlo, alejarlo del vaso roto, que el vidrio no se mezcle con el líquido que ya no contiene. Es peligroso. Hay que separar lo rojo de lo verde, lo áspero de lo suave, nada pero nada debe permanecer unido cuando ya se ha roto. Hay que dejar que las cosas tomen su curso natural, o ayudarlas un poco con las manos, ayudar a acelerar los procesos que ya se estaban dando. Separar lo malo de lo bueno. Que no se enclave, que no se una, que la fusión no se produzca cuando hay repelencia. Hay que levantar el cuero cabelludo, con cuidado, despegarlo de la zona a tratar. Hay que arrancarlo despacio, como espinas a las rosas, y cuidarse de hacer movimientos suaves, quirúrgicos. No hay que dudar ¿ves? Porque si lo hacés, tu mano tiembla y entonces te volvés borroso y espantás a la presa. Ella sabe que está atrapada, que no tiene salida, que depende de tu voluntad, pero si empieza a sentir que tu pulso no es firme, va a encontrar un momento para zafarse y entonces todo el experimento no va a servir para nada. Hay que agarrar el cuello con las dos manos y después estar muy atento a la producción de las burbujas y a la evolución de los colores. También pueden aparecer gases y movimientos que no vas a poder medir con facilidad, pues su intensidad puede que varíe. Atento a los ojos, atento a las temperaturas, a la rigidez del cuerpo. Tenés que poder sentir la metamorfosis, el cambio de energía, lo que se ausenta, lo que se va de manera imperceptible. Tenés que apretar y esperar. Apretar y esperar. Lo demás, viene solo.     

(Año 2004)

martes, 18 de marzo de 2008

Fatalidad

Que hay un pozo en la cocina, nos dice, entonces va Flora, va Ángel, voy yo y todos de repente en la cocina para ver si lo del pozo no es macana ¡y no es macana! que no va que cuando llegamos estaba la Negra, metida hasta la cintura con zapato y todo en ese pozo mugriento que se hizo parece que anteanoche. Ángel dice que me corra y agarra un repasador y empieza a hacer movimientos como de pases mágicos, porque dice que la cocina está tomada, de qué va a estar tomada, dice Flora, el que está tomado sos vos, no ves que ese es el pozo que el tarado del albañil dejó abierto, entonces meta discutir con Ángel, mientras yo digo que hay que llamar a los bomberos y la señora Violeta dice que a la policía y está con una agendita en la mano y parece que busca el número, mientras que estos dos pelean como los chicos y la Negra se hunde en el pozo como un barquito, yo le digo que aguante y Flora la sigue con Ángel, porque éste ahora le recrimina una buchoneada que la bocona de Flora se mandó el otro día con Alejandro, cuando le dijo que era mentira que la mamá de Ángel estuviera internada en una clínica de Rawson. Ahora, es estúpida esta Flora, venir a decirle eso justo a Alejandro, para mí que lo hizo a propósito, seguro, si ella no tiene un pelo de tonta y le busca roña a Ángel, se la tiene jurada desde lo que le hizo en el 96. Bueno ahí estaban meta discutir mientras la Negra se hundía en el pozo como si debajo de ella estuvieran esas arenas movedizas tan famosas del desierto creo que del Sahara que si te agarran sonaste, bueno, a la Negra le pasó así, yo no sé qué mierda tuvo que ir a meter la pata ahí, pero lo mismo da pensar eso ahora porque la metió y terrible lío se armó en la casa que ahora le da por tragarse a los empleados. A lo mejor es un sistema de exterminio silencioso que estos cogotudos están implementado y por ahora prueban con nosotros que parecemos no importarle a nadie, pienso eso, porque una cosa como esa es para ponerse a dudar. Yo, por si acaso, hago mi tarea calladita y no me meto con nadie, aunque me parece que con esto ya quedé pegada, porque el pozo se la tragó nomás a la Negra y ahora anda dando vueltas la policía para buscar declaraciones y más pistas ¿yo qué quieren que les diga? pasó eso, como a los cinco de la tarde nos vinieron a avisar de ese pozo y cuando fuimos la otra ya estaba luchando por su vida ahí adentro pobrecita. Flora dijo después que en realidad antes había ahí un pozo ciego, pero Ángel, más supersticioso, dice que esto le huele feo y relaciona el episodio con un muñequito raro que trajo la señora Violeta de su último viaje a la India. Para mí que son macanas de Ángel esas, porque yo vi ese muñequito y ni miedo que da. Es una porquería tallada en madera con una piedra incrustada como si fuera un tercer ojo. Ni siquiera es una piedra preciosa, es una piedrita de morondanga que no tiene brillo. Bueno, pero él anda con esa teoría, de no sé qué cosa de la cuarta dimensión o la quinta, que por su puesto no le quiso contar a la policía. Yo estoy triste por la Negra, porque tenía dos hijitos chicos y porque no era mala mujer, ahora esos chiquitos quedaron huérfanos porque del padre hace mucho que no se sabe, lo importante, dijo la señora Violeta, es que no tenía más familia que la reclamara y eso le evitará seguramente problemas con la justicia. Ahora lo que sí, después de ayer, quedó un silencio en la casa, que como se dice se corta el aire con tijera, porque claro, nadie entiende todavía muy bien lo que pasó y ni siquiera se puede afirmar que la Negra esté muerta. La cocina quedó cerrada por la policía, que después de sacarle muchas fotos la llenó de fajas. A mí me da miedo pasar por ahí, pero también un poco de curiosidad, y además me digo que si paso cerca tendría que quedarme a escuchar: a ver si todavía grita la Negra y nadie la escucha. Ángel dice que no va a gritar porque los demonios saben bien lo que hacen; Violeta en cambio le prendió una vela y dice que sabe que la Negra está muerta porque un bombero le dijo que de un pozo ciego no se salva nadie. La Flora ya anda diciendo que vio el fantasma, pero mirá que ya va estar el fantasma si la pobrecita se murió ayer, si es que está muerta, y además si está muerta seguro se fue a visitar a sus dos hijitos que ahora que no está ella no van a tener a nadie. Yo no sé, a mí me parece todo muy confuso. Lo que sí, adentro de esa cocina seguro que no vamos a trabajar más. Hoy por suerte con todo este alboroto nos pedimos unas empanadas y nos dieron el día por el duelo, que aprovechamos para hacer otras cositas ya que no hay velorio ni entierro. En fin, pobre negra... lo único que espero es que esté donde esté no esté sufriendo pobrecita.

Al Don Pirulero


Te estoy hablando de la posibilidad de ser otra cosa, de poder estar allí en donde no se puede estar, de poder sentir aquello que eso o ese siente. Ayer hice una sopa, por ejemplo. Tiré el caldito al agua hirviendo, y luego tuve bronca por no poder estar allí dentro, como el caldito, deshaciéndome. A veces me enojo por no tener la posibilidad de tener otras experiencias: como la de ser el vapor que sale de la bañera, el que se va pegando en el techo y lo humedece, y después se convierte en musgo verde. Sí, me gustaría ser esa textura suave y resbalosa.
Pero no, no es sólo un anhelo. Hablo de estar ahí, de convertirme, de poder ser pequeñísima, ínfima, o de tener sensaciones de otras especies, de poder estar en su “piel”: quiero sentir el dolor que recibe una planta cuando se le corta una hoja, quisiera saber cómo es marchitarse. Estoy pidiendo ser. Quiero estar en el interior de una nube, cuando rompe y hace llover, quiero saber cómo sería estar dentro de un pan cuando leva, cuando la masa crece y se estira (¿dolerá?)
Quiero tener memoria suficiente para acordarme qué es lo que sentí cuando una vez fui bebé, porque miro mis fotos y no me reconozco. No puedo creer que esa haya sido yo. No lo entiendo. Veo a mi mamá, su vientre: ¿realmente estuve ahí?
Quiero saber si se piensa al morir, quiero saber cómo es que el cuerpo se muere. Tampoco comprendo.

Maté un bicho anoche, una cucaracha pequeña que caminaba apresurada por la mesada. La vi, y la maté con furia. La aplasté con un zapato, y un líquido tibio salió de su cuerpito frágil. Creo que lo disfruté. ¿Por qué lo hice? Me quedé un rato, mirando. “¿Por qué?” Me acordé que la abuela de una amiga murió el jueves. Pensé en ella, en el preciso instante en que dejó de latir su corazón. (¿Se habrá dado cuenta?) Y después miré a la cucaracha, que en tan sólo un segundo fatal, dejó de sentir sus diminutas patas, a causa de mi enojo repentino, de mi antojo destructor.
Soy mala. Eso siempre lo supe. Soy mala. Disfruto haciendo daño, y soy egoísta. No me gusta compartir, y si lo hago, es porque moralmente parece estar bien eso. Quisiera que pudiéramos tener la facultad de ser sinceros, sin tener que padecer represalias, como para decir esto sin culpa, por ejemplo.

Entonces, razono, y comprendo que me gustaría vivir nuevas sensaciones y experiencias, me gustaría poder metamorfosearme, ser agua que cae de una canilla, que lava, moja, y después pierde su rumbo en una alcantarilla cualquiera.

Me gustaría no tener conciencia, vaciar mi memoria, no soñar. Volverme idiota, ser la baba que caería de mi boca.

También quisiera participar de un accidente de auto. No digo morirme, sólo conocer qué se siente salir despedido por el parabrisas, qué sensaciones se tienen, si existe el miedo o no. Esas cosas. Sí, hay otras que desearía hacer, qué sé yo... sacar una cuenta de dividir sin tener que recurrir a la calculadora, saber manejar en la ruta, hablar muchos idiomas. Cosas que se aprenden, pero que no quiero aprender.

¿Algo más... difícil? ¡Ah! Sí. Todavía tengo el sueño, de que el ser humano se pueda transformar según necesidades distintas. Por ejemplo: si me duelen mucho las piernas, desearía tener la alternativa de quitármelas, hasta que las vuelva a necesitar. A veces camino mucho, o simplemente hay humedad, y las piernas empiezan a dolerme profundamente. Me baño, me acuesto, me masajeo, y no: todo sigue igual. Tengo que seguir sufriendo. Me pregunto porqué...
O, no sé... el sistema de locomoción que nos tocó en suerte: caminar o correr. Deberíamos contar con otras opciones, no artificiosas como el auto, sino que se me ocurre, podríamos desarrollar una especie de rueditas -tipo patines- que salieran de las plantas cuándo nos urgiera ir a algún lugar, o cuando simplemente nos hayamos aburrido de mover los pies en forma voluntaria. De no ser posible esta idea, pediría una piel deslizante, como la de las serpientes, para poder reptar.

Esas cosas son las que creo, mejorarían la calidad de vida, o mi calidad, al menos.

A veces estoy tan triste, que no quiero ser, que no puedo continuar, que es hipócrita seguir teniendo esta cara, y seguir mirando como si viera.
A veces estoy tan triste, que quisiera no tener alma, o cerebro, o conciencia de las sensaciones que genero.

Sólo se puede pasar el tiempo. Aguantar hasta que llegue la muerte con alguna respuesta o con ninguna. O jugar, como ahora lo estamos haciendo. A que me preguntás y contesto. A que hablo y parecés escuchar. A hacer de cuenta que te importa. A imaginar que digo sólo palabras que no duelen. A que no duele. A que no siento.
(2001)

viernes, 8 de febrero de 2008

una y la misma



No estés tanto encima de las cosas, porque se pegotean. Te pegoteas a la cosa y entonces te volvés la cosa. No te conviene porque entonces perdés identidad, y entonces la gente ya no te verá, sino que verá a la cosa y no a ti, y esa no es una máscara que te convenga usar.

Las lombrices de Australia, llegan a medir unos 2 metros al cabo de cinco años y crecen tanto que ya no pueden salir a la superficie, entonces se arrastran por cuevas subterráneas que cavan noche a noche y allí mismo se alimentan y reproducen. Para reproducirse, se pegotean unas a otras: juntan sus laterales y forman así una sola cosa que queda unida a través de un líquido baboso que es despedido de sus fofos cuerpos. Quién lo pasa a quién es indistinto, ya que estas lombrices son hermafroditas. Quedan pegadas por horas, y luego cada una sigue su curso, pero ya nunca serán las mismas luego de aquellos encuentros.

Si seguís así, es posible que dejes que la cosa te succione tu esencia. Haceme caso, porque te miro y me parece que tu mirada ya no es la tuya. No podés ser nunca el mismo cuando te dejás habitar. Ahora, esto es cierto. Debés preguntarte: ¿es que ya no querés ser el mismo? En ese caso podés mutar. Las cosas siempre mutan y vos también, pero yo hablo de mudar, como las serpientes que cambian completamente su piel.

La renovación celular es completa. Cambian los colores, y hasta a veces, la forma. Después de una muda radical, es posible que el bicho ya no sea el mismo. El caso de las crisálidas no entra dentro de este grupo de cambios.

Otra cosa es la adaptación. Cambiar para sobrevivir. Metamorfosearse para parecer otra cosa y subsistir. Volverse otro. Pero lo tuyo es más peligroso, porque la decisión no es genuina, no es voluntaria. Vos sos arrastrado por eso, te dejas arrastrar. Y así te va. Y así, se te va la vida. La perdés de vista, perdés la vista primero. Oíme, porque es serio. Lo primero que ocurre es que mirás las cosas diferentes porque los ojos ya no son los tuyos. Y esto es absolutamente conocido por todos. Ya sabemos lo que le pasó a Jhon Malkovich... ¿o quieres ser...? ¿o acaso conoces a Joe Black? Por favor, escuchame cuando te hablo. Después no digas que no te advertí. ¡Es que sos tan babosa! Ahora que lo pienso, en tu naturaleza está eso del pegoteo, que a veces adhiere tanto que termina arrancando la superficie que es pegoteada. Te subís, lo copulás, te convertís, te volvés. Date cuenta. Esto siempre te pasa. Dejás una parte de vos ahí, te vas dejando, hasta no ser. ¡Qué peligro no ser! O tal vez ¿buscás eso? ¿Buscás eso? Pensalo bien, porque entonces no hablo más. Pero la naturaleza está llena de ejemplos y me parece que sos un poco inconsciente. ¿O me equivoco yo? A lo mejor me estoy equivocando. Decime, porque tal vez yo ahora me esté metiendo tanto en tu vida, que capaz esté olvidando la mía. Y mi esencia es distinta, porque yo no me meto en donde no me llaman, sólo es que bueno... te vi ahi, tan compenetrada... es que las desgastás a las cosas ¿vos te das cuenta? Como cuando usás mucho una zapatilla o como cuando escuchás mucho una misma canción. Ni hablar cuando decís “te quiero” o cuando evocás siempre el mismo recuerdo. Pierde efecto. Todo pierde su gracia. Y que vos estés todo el día sobre la cosa, hace que te pierdas, que eso te consuma. Hace que no seas, pero vos hacé como quieras, si es que todavía podés elegir algo. La mayoría de las veces no se elige, se es ¿y que se le va a hacer? Ya está. Se es. Como yo que soy, o como la planta que crece arbitrariamente en mi jardín y sabe (o no) que es margarita y no desea ser otra cosa, porque margarita nació y margarita va a morir aunque no sepa (nunca lo sabrá) que se llama margarita, ni que es flor. Y la margarita no se deja llevar por sentimientos tan vanos como la envidia, no mira al árbol y dice: ¡quisiera ser el árbol! Porque no tiene pensamientos y porque no se puede expresar (suerte). No tiene nada que pensar (suerte). Vive, y morirá cuando ya no tenga más agua, o cuando sea quemada por el sol, o sea arrancada por una mano violenta o enamorada o embarazada (es lo mismo) Es lo mismo para ella que no decide nada, ni quien es, ni qué es. Vive y muere cuando tenga que morir. Punto. Punto final para la margarita.
Pero ¿te das cuenta qué sabia? No se contagia, no se vuelve jazmín por estarle cerca o encima. Otra cosa son las enredaderas, pero fijate que sabias también: ¿la enredadera se vuelve pared por trepársele y cubrirla? Sí ¡qué triste! Sí... porque la gente ya no ve la pared detrás de la enredadera, sino que ve a la enredadera. ¿Ves lo que te digo? Hacé la prueba. Te estoy poniendo muchos ejemplos. Pensalo, vos que podés pensar. Porque aunque a veces es bueno no pensar, un poco es imposible, porque ya venimos con cerebro y es medio inevitable no usarlo, para algo lo tenemos que usar, aunque viste que dicen que sólo usamos un diez por ciento. Bueno, no es el punto ahora. No importa cuánto, sino cómo, ¿no? ¿Vos para qué lo usás?

martes, 2 de octubre de 2007

Mi perro tártaro

Aquí le traigo a mi perro. Estoy un poco preocupado, ¿sabe? pues está fumando más que antes. Mírele sino los dientes: están amarillos por la nicotina. Y además ahora tose. Anoche tosió muchísimo, ni siquiera me dejó dormir. Como a las cuatro de la mañana me levanté para ver qué le pasaba al desgraciado. Sí, no me mires así Alberto, sos un desgraciado. ¿Ve? Esa cara me pone. Todo el tiempo lo hace. Para conquistarme. Así fue que compartimos el primer cigarrillo. Al principio me pareció divertido, pues era una buena compañía para mí. A los dos nos gustaba sentarnos en el balcón a la noche, después de cenar, a fumarnos un puro. Nos quedábamos mirando a las estrellas por horas, y de vez en cuando descubríamos algún que otro satélite. Eso en los veranos. Eran tiempos lindos... pero ahora él está viejo (yo también un poco) y agarró el vicio, y no es como antes. Ya no es agradable verlo así. Ya no compartimos momentos de paz. Él está molesto, y nervioso, y se agarra pulgas en el parque. Anda preocupado parece, y se tomó la manía de robarme los cigarrillos. Porque antes se los convidaba yo, o los comprábamos a medias, pero después tuve que empezar a esconderlos para que él no se volviera adicto, pero se me fue de las manos, sí. ¿Lo ve? Ahora me mira así porque estoy diciendo cosas que lo avergüenzan. Es que sí, le tiene que dar vergüenza: a su edad ya se tiene que empezar a cuidar un poco. Como usted me dijo la otra vez, estoy tratando de darle menos carne y menos grasa. Ahora: del alcohol y del cigarrillo, todavía no podemos hablar aunque a mi gustaría que comenzáramos ya mismo, con esta visita que le hacemos. Él aceptó venir y sabe que tiene un problema, un problema de ansiedad grave. Fijese, fijese cómo tiene los pulmones, y los ojos desencajados. Por favor toquele ahí, y explíquele cuáles son las consecuencias si no deja el pucho. Y vos escuchá bien Alberto, así después no tenemos que discutir más en casa. Es que discutimos mucho últimamente. ¡Como es la cosa! Porque él parece entenderme a mí, pero yo ya no lo interpreto. Está viejo este bicho ¡qué le vamos a hacer! Ya estamos viejos los dos.

Por culpa nuestra

Por culpa nuestra
(Mención especial en Revista literaria Argentina Axololt 2007)

Es notable. Acá ya no se puede estar seguro. Ayer abrí una caja de té... no, en realidad, ahora que recuerdo era una tetera en donde había agua para hacer té, y me encontré con un pequeño, pequeñísimo yacaré.... yaguareté... yaramaná... yaguar. Sí, un yaguar auténtico con y griega y no con jota: yaguar, que ahora que recuerdo bien, no estaba en el agua para té, sino en la azucarera para el té, porque no había agua, sino que azúcar, muy blanca y dulce en donde la peligrosa yarará se arrastraba. Sí, digo yarará, porque ya que lo pienso un poco mejor, recuerdo que aquella era una hermosa yarará azul y roja que reptaba amenazante en mi taza de té. Sí, porque cuando quise acordar el té ya estaba servido y con ella dentro. Se meneaba contenta en la infusión hirviente, pero no se quemaba porque es obvio que ya está acostumbrada a las altas temperaturas. Digo que no se puede estar seguro, porque justamente anoche comentaban por la radio, lo variable que está la cosa (refiriéndose al clima) pero yo también se lo adjudico a la invasión de estos animalejos, porque aunque por la radio no se diga, toda la gente sabe que estamos conviviendo con estos bichos mutantes que se alojan en las cañerías de agua caliente. Se meten ahí, porque les gusta estar acogidos, apretados y tibios, pero también es posible que por la superpoblación que hay a esta altura, se los pueda encontrar en cualquier parte de la casa, como en mi baño, en donde descubrí anida una gruesa manada de elefantes africanos. Pero todos sabemos que los elefantes son inofensivos, a no ser por esos ataques de ansiedad que sufren y que les da por comerse todos los fideos de la casa. Es por eso que los dejo quedarse. A mi vecina le tocó peor, porque se le autoalojaron en la pieza un grupo de cóndores que revolotean por la noche a la hora del noticiero, e intentan picotear la guarda de papel pintada de frutas silvestres. Yo le dije a Mirta que no le convenía poner ese empapelado porque le iba a traer aves indefectiblemente, pero ella de puro coqueta, prefirió correr con el riesgo. Ahora tiene ahí a los coatíes que saltan y suben a su cama como si estuvieran en un parque de diversiones. A decir verdad, todos en el edificio sabemos de nuestros huéspedes, por los sonidos y por las bolsas de basura que cada vez salen más cargadas ya sabemos de qué. Además el jardín se está vaciando de plantas, y eso es por el daño inevitable que están provocando las jirafas, que aunque altas como un gato doméstico, se las arreglan para comerse todas las flores y las hojas, especialmente las verdeamarelas. El portero insiste con que son las hormigas coloradas, pero las hormigas negras están extinguidas y son las jirafas las que se comen las plantas, aunque las chinchillas azules no se quedan atrás. Todos quieren callar, pero todos ven. Hasta en la sopa aparecen estos animales. De pronto, se revuelve el fondo y ahí están tomándose el caldo, sobre todo en verano. Esos son los osos hormigueros, y ni que hablar de los pandas. Yo esto pensaba plantearlo en la reunión de consorcio del viernes, pero sé que los vecinos son hipócritas y me van a decir que invento. Pero ¿qué hacer? Esto se vuelve insostenible, las mentiras: “que son polillas, que las ratas, que el gato...” pero ya no hay ni roedores ni gatos comunes. Los otros han arrasado con todo, y aunque parezcan simpáticos, por su diminuto tamaño (no sé si dije que más o menos andan por los cinco centímetros de altura promedio) se ganan el cariño para después quedarse con los bienes y comerse la comida. Están organizados. Son una legión y hay que descubrir quién les mete esas ideas en la cabeza y quién fue el que los ha metido en nuestras casas. El otro día vi como dos monitos se llevaban una canasta repleta de verdura. ¡Qué indignación! la metían con prisa por la canaleta del baño. Además ahora ni siquiera esperan a que se haga de noche, trabajan a plena luz del día, van armando pequeñas colonias que se establecen primero en los ascensores, y después se dispersan atacando por grupos, huidizos, por debajo de las puertas. Y todos tenemos la culpa, todos somos cómplices. Si nos invadieron es porque les dimos el lugar, porque no somos fuertes, porque no estamos unidos. Nos convencieron con sus encantos, pero se están quedando con todo. Si yo misma, hasta les tejí unas mantitas para que pudieran dormir calentitas las nutrias y las ardillas. Así me pagaron... royendo todos mis muebles. Por lástima, se los terminé dando después. Ahora pienso que esto así no puede seguir. Creo que Norma, la del B, también ya está harta, a ella las panteritas rayadas se le alojaron en el bajo mesada y le tomaron los cajones de los platos y cubiertos, y yo sé lo importante que era esa vajilla para ella. Quizás sea mi aliada, aunque tengo que poder conseguir más. Yo observo las caras de los otros. Estamos exhaustos. Ya no dormimos con tanto chillido y revoloteo descontrolado. No, hay que hacer algo. Estoy decidida. O vamos a terminar por dejarles el edificio entero. No lo van a conseguir. Ahí me está mordisqueando un pie un cocodrilo verde. ¿No digo? Si los seguimos dejando, van a hablar con nuestros teléfonos y se van a poner nuestras ropas. ¡Pero qué lindos son!

Experimento A

Tenés que dejar que salgan las burbujas, porque si le quedan burbujas, el líquido no irriga, entonces no puede pensar. Tenés que apretarle ahí, ahí debajo del lóbulo izquierdo. Eso hacían en las lobotomías, presionaban para obstruir el paso de lo que no servía, del fluido malicioso, de los sedimentos malignos, amarillos. Hay que tener cierta precisión y pericia, pues sino los resultados no van a ser tan buenos. Así está mejor ¿ves? Se está poniendo violeta, eso es un signo de hematoma. Un hematoma está anunciando un derrame, un buen derrame. Hay que saber aprovechar estos momentos. Mirar bien bajo la curtiembre, raspar fuerte la primera capa de la dermis, la epidermis, frotar, seguir con la yema del dedo el sentido en que corre la sangre, movilizarlo, alejarlo del vaso roto, que el vidrio no se mezcle con el líquido que ya no contiene. Es peligroso. Hay que separar lo rojo de lo verde, lo áspero de lo suave, nada pero nada debe permanecer unido cuando ya se ha roto. Hay que dejar que las cosas tomen su curso natural, o ayudarlas un poco con las manos, ayudar a acelerar los procesos que ya se estaban dando. Separar lo malo de lo bueno. Que no se enclave, que no se una, que la fusión no se produzca cuando hay repelencia. Hay que levantar el cuero cabelludo, con cuidado, despegarlo de la zona a tratar. Hay que arrancarlo despacio, como espinas a las rosas, y cuidarse de hacer movimientos suaves, quirúrgicos. No hay que dudar ¿ves? Porque si lo hacés, tu mano tiembla y entonces te volvés borroso y espantás a la presa. Ella sabe que está atrapada, que no tiene salida, que depende de tu voluntad, pero si empieza a sentir que tu pulso no es firme, va a encontrar un momento para zafarse y entonces todo el experimento no va a servir para nada. Hay que agarrar el cuello con las dos manos y después estar muy atento a la producción de las burbujas y a la evolución de los colores. También pueden aparecer gases y movimientos que no vas a poder medir con facilidad, pues su intensidad puede que varíe. Atento a los ojos, atento a las temperaturas, a la rigidez del cuerpo. Tenés que poder sentir la metamorfosis, el cambio de energía, lo que se ausenta, lo que se va de manera imperceptible. Tenés que apretar y esperar. Apretar y esperar. Lo demás, viene solo.