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viernes, 24 de abril de 2009

Zen


La mirada a un metro y medio del sueño, perdida en algún punto del espacio. Párpados a media asta. Hombre en mitad del jardín.

Allá a lo lejos una enredadera florecida, trepando por la pared enhiesta. Más abajo la tierra recién regada. El rocío flotando sobre la hierba azul. Olor a priomavera, a tarde fresca. Pensamientos blancos. Bienestar.

La mirada se eleva liviana y despacio. La respiración es calma. Adelante el paredón verde enredado y... ¡un Buda! una figurilla de barro ha emergido de la tierra. Será una visión. Será de tanto meditar.

El hombre se para entusiasmado, estupefacto y camina -no sin cierto miedo- hasta donde se halla la figura trascendental. Buda levita, allá a lo lejos y tan cercano. Se sostiene en el aire; el otro se sostiene en la respiración. Taquicardia y fuerte expiración por la nariz: Buda se rompe, cae al piso, se hace añicos.

El hombre corre, solloza sobre los pedazos de la pieza de barro.

¡Qué solo se siente ahora! Con Buda roto en su jardín la paz se ha terminado. Todo se arremolina. El cielo se pone negro. Llueven cenizas. Se incendia el pasto. Rugen leones. Se cierran puertas, se caen techos.

La furia se ha desatado.

El hombre corre y se cae. Se estrella. Trastabilla contra el Buda y se duerme.

Tiene pesadillas.

Se despierta:

en su jardín meditando.

La tarde es fresca

sábado, 30 de agosto de 2008

Pesadilla

Se levantó a las seis de la mañana. No podía dormir. Así, en chancletas y camisón salió de la casa. Fue al galponcito de atrás. Abrió el frezzer y de allí empezó a sacar bolsas plásticas. Después mató a unos pollos. Entró a la casa, primero con los pollos muertos, y después salió y volvió a entrar y lo hizo con las bolsas negras. Despejó la mesada. Allí lo puso todo. Abrió la canilla y dejó que corriera el agua.
Trozó los pollos; después el contenido de las bolsas. De los pollos salió sangre caliente; del otro cuerpo, nada.
Lavó incesante las partes. Tuvo ganas de vomitar.
Después buscó ollas. Sacó ollas de varios lugares de la casa. Ollas viejas y oxidadas.
Les puso agua; las dejó al fuego.

Mientras tanto, seguía lavando la carne.
Su madre, se levantó a las siete.
-¿Qué hacés levantada a esta hora?

Ella sintió que se iba a desmayar. En un sólo momento, en ese, se llenó de vergüenza. Advirtió lo terrible, lo siniestro. Se dio cuenta que se estaba volviendo loca.
-¿Qué hacés?
¿Qué contestar? El reloj marcaba las siete de la mañana. Hora absurda para hervir pollo.
-¿Qué hacés?
Se desmayó sosteniendo el pedazo de pie de su padre en la mano.

viernes, 20 de junio de 2008

Un error fatal


Macbeth está sentado a la mesa disfrutando de su gran banquete. De repente algo o alguien ocupa la silla que segundos antes estaba vacía.
-¿Qué es?
Macbeth toma otra copa de vino. Sospecha que sea el espíritu de Banquo. Se inquieta, transpira.
Alterado, se levanta de su trono y se acerca para ver si efectivamente es el espectro del que acaba de mandar a matar.
-¿Quién es?
El fantasma lo mira con odio
Macbeth está confundido. No lo reconoce.
-¿Perdón?
-Mi nombre es J.F.K. Quiero que se pague por mi muerte.
-¿Perdón? Aquí debe haber un error.
Macbeth llama enfurecido a “los asesinos”
-¡Idiotas! ¿No tenían que matar a Banquo?

jueves, 7 de febrero de 2008

La ebriedad y un día

El líquido se derramó como néctar, chorreó el mantel y se deslizó por debajo de la mesa del patio. Las aves se acercaron temerosas y comenzaron a beber. Al principio lo hacían tímidamente, pero después tomaban con su pico el líquido dulce una y otra vez con adicción. Llegaron otras. Eran veinte. Bebían desquiciadas. Pegaban gritos agudos y se peleaban entre ellas por aquel elixir. A la hora ya estaban ebrias, caminaban zigzagueantes y se chocaban entre sí. La fiesta duró un mediodía. Después empezaron a caer de a una. Avanzaban pocos pasos y se dejaban morir sobre la loza fría. El alcohol hizo una masacre. Eso pensó el dueño de la botella al ver al veintenar de pájaros tendidos en su patio. Para ellas, en cambio, fue excitante. El placer les costó la vida, pero tuvieron una muere feliz, una muerte soñada: la de la inconsciencia de la muerte (esto también lo pensó el dueño)
(2006)

Gabriel, el obediente

Parece que mandaron a pedirle a Gabriel “que se junte con su cuerpo”, y Gabriel fue y se juntó con su cuerpo. “Que responda por nosotros, que se acabe ese tormento” pedía la masa enfurecida, y él, para acallarla y para demostrar su poder de emperador y de empresario, fue y procuró satisfacerlos. Claro, sin importar lo que Ella quería.
Se le presentó una noche en su cuarto, y mientras dormía le dijo: “vas a tener esto”. Entonces la desvistió, la poseyó, la violó, y cuando terminó de ultrajarla, le susurró al oído: “esto va a ser divino”, y se marchó por la ventana que minutos antes había violado también. Luego, vagó por las callejuelas oscuras de la ciudad entre entusiasmado y temeroso, pero feliz por haber hecho lo que le habían mandado a ser (perdón, a hacer) Juguete del destino. Juguete de la historia. Autómata. Se siente más tranquilo cuando hay un dios que lo ampara y justifica todo. Se siente muy tranquilo.

lunes, 22 de octubre de 2007

una muerte feliz

Un tigre rojo salta y se agazapa sobre mi vientre. Me tira al suelo, tiene fuerza y me desagarra. La mirada impávida, la respiración helada, y la sangre caliente que libera mi cuerpo, me baña, y mancha ahora el vientre del tigre rojo cada vez más rojo.
Mis ojos azules hacen escarcha con las lágrimas del dolor profundo que me provoca la mordedura. En mi mente sólo esta imagen: la de la mordedura tajante, los dientes afilados, la incisión quirúrgica que el animal ha perpetrado sobre mi cuerpo blando. La herida fatal.

Siento la muerte. Me estoy muriendo. Me entumezco.

Alcanzo a recorrer con el ojo que quedó contra el suelo, la superficie en que me apoyo. La hierba verde y fresca, y una flor celeste que nace pequeña en la ranura de un tronco seco.
Los últimos recuerdos, son los de un escarabajo andando con dificultad entre las ramitas dispersas al pie de un pino viejo. El escarabajo negro y la hierba verde. El tigre rojo. Mi sangre roja.
¡Cuánta belleza!
Mis ojos azules hacen escarcha de las lágrimas livianas provocadas por la plenitud que siento en este momento. La plenitud aún en la muerte.
Una respiración profunda y adiós.
¡Cuánta belleza! ¡Qué bien me ha hecho morir!

martes, 2 de octubre de 2007

Transformaciones



A las nueve ya tenía cara de nuez, una nuez madura y envasada y puesta a la venta en un supermercado de centro. A la noche, ya una señora rubia me había comprado y llevado hasta su gran casa en donde me dejó guardada en una alacena tan triste y amplia como la cara de la señora compranueces para hacer budín hamburgués de Hamburgo, pero en el barrio de Flores, sin flores porque es otoño.
La transformación de mi vida a nuez no fue dolorosa. El dolor lo sentí cuando el marido de la señora cascó mi cáscara contra una mesa de madera gruesa. Entonces me dije: “estoy sonada” y fue así, pues de mi cuerpecito aceitoso salió un estrepitoso sonido y entonces me partí en varios pedazos. Otra vez, otra vez mutar y ser una cosa nueva. Deshacerme. Transformarme. Una parte de mí al suelo, y otra a una masa viscosa con aroma a vainilla. ¡Qué extraño! Estar en dos lugares a la vez: en el suelo de granito frío, y en una masa tibia que se hizo más dura y esponjosa cuando el calor del horno la coció. Ahora era sólo esperar algo más, algo más sorprendente como ser comida, ser alimento de alguien que una vez fue como yo, o al revés.
Es la primera vez desde aquellos minutos extraños hasta ahora, que siento nostalgia por aquel cuerpo. Mejor es que no piense y que me deje llevar, como lo vine haciendo hasta ahora, como cuando mi cara se volvió rugosa y marrón y de pronto me vi en esa cajita de madera más pequeña y asfixiante que la anterior. Mejor es que deje de soñar, que cierre los ojos de una buena vez o lo que fuera que haga que mi sistema se apague. No, no por favor. ¿Por qué estoy hablando así? ¿en dónde estoy ahora? ¿qué soy? ¿qué soy?

Soñó que...


Soñó que una noche de luna, la luna caía sobre su cama y hundía los libros que flotaban en ella, que la cama era un pozo inacabable de palabras, que había agua. Sentía los pies mojados y era el agua que estaba entrando por su almohada. Quedó sumergida en aquel líquido precioso y transparente.
Las cosas cambiaban.
Soñó que unos pájaros se la llevaban del pelo y la depositaban en una cueva vieja, en donde otras aves la esperaban para picotearla. Soñó con un campesino huesudo que deambulaba desnudo entre la siembra de trigo, y que al verla pasar, se quitaba su gorro de paja. Soñó que corría por un bosque espeso de olivos y que al llegar al final (…) unas vías oxidadas de tren la esperaban como comienzo de algo nuevo. Soñó con cuises y con perros rabiosos, y también cree que soñó con una vaca flaca que le clavaba la mirada. Soñó con un cielo diáfano que se horadaba de a poco y se deshacía hasta hacerse nada. Soñó con la nada. Todo blanco, y despertó. Al encontrarse en su cama seca y sin luna en la ventaba, comprendió que todos esos sueños le estaban anunciando que pronto iba a morir.

El sonido en los días laborales


La conocida industria metalúrgica Carter ha modificado los hábitos de un pueblo llamado Oreyide. Tal es el caso: el ruido causado por las maquinarias, ha provocado hipoacucia en el 20 % de los niños del terruño, y una disminución de la audición en un 62 % de los trabajadores de la fábrica.
Como consecuencia, los habitantes se han visto forzados a implementar un sistema de comunicación diferente, que consiste en un dispositivo de amplificadores y micrófonos ubicados en las casas y en las ropas de las personas.
Esta nueva manera de hablar, requiere de sofisticada tecnología costosa. Paradójicamente esto hace que los trabajadores tengan que estar en la fábrica más tiempo para poder solventar los gastos que ello implica, perjudicando aún más el sentido auditivo. Pero el pueblo ha consensuado hacer el esfuerzo, dado que este sistema permite que no se pierda la tradición del lenguaje oral (aunque ciertamente en algunas ocasiones, genera problemas como interferencias, acoples y pérdida de la intimidad)