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miércoles, 10 de marzo de 2010

Dejalo pasar

Aquellas eran noches en que las estrellas bajaban más livianas. Estallaban en los mares cercanos, se rompían de cálidas.
Y nosotros ahí, observando inmóviles desde nuestro balcón, con la impotencia de que quien presencia un saqueo deleznable. Así, se nos iba vaciando el cielo, y la noche se volvía más oscura, y nosotros más solos.
Las hojas se desprendían de los árboles (eso en todos los otoños) pero ahora los árboles se desprendían de la tierra, se arrancaban de cuajo dejando verdaderos agujeros en el suelo y en nuestro corazón.
Los árboles no morían de pie: morían derribados.
Eran días en donde todo marchaba confuso, en donde todo moría tristemente deshilachado a pesar de las congojas.
Nos habíamos vuelto inútiles y vulnerables. Nos hacíamos cómplices del devastamiento con tanta inacción. Que se lo lleven, que se destruya, que nos devoren.
Poco a poco nos íbamos quedando sin nada.
Pero esa noche, María Estela me agarró fuerte la mano, y sentí en ese apretón que algo se había puesto verdaderamente feo. Sus ojos verdes lagrimeaban, y yo tampoco (¿para qué hacerme el duro?) podía contener la angustia que me embargaba.
Nos quedamos en silencio. No teníamos palabras (no teníamos que usarlas). Había que actuar. Quería sacarla de allí, llevarla a otro sitio, pensar.
¿Qué podíamos hacer ahora?
El mundo se desmoronaba. Negarlo era alimentar la necedad
Nos vamos/bajamos/corremos
Y de repente éramos dos locos corriendo por las calles cubiertas de hielo, con los cuerpos entumecidos, no tanto por el frío, sino por el dolor.
“¡Vamos María Estela!, no te detengas” decía casi sin aliento mientras me dirigía enceguecido hacia donde habíamos visto que se caían las estrellas. ¡Vamos, no te detengas! Y entonces ella corría, pobrecita, atrás de mí, sin saber muy bien lo que me proponía.
La noche nos encerraba, era obvio, pero no teníamos más miedo que por el cielo.
Cuando llegamos al límite del pueblo, adonde comenzaba el campo ahora estéril, María Estela dejó escapar un “¡Oh!” que me contagió. Allí empezaba la nada. Un abismo presagiado, el paisaje presentido. Se nos volvía real aquello que imaginábamos.
Dejalo, me decía María Estela. Ya no hay nada más que hacer.
Los dos quedamos largo rato ahí, inmóviles, viendo como el mundo se deshacía a nuestros pies, nos tragaba, nos consumía.
Vamos, me dijo María Estela.
Pero no llegué a correr.

jueves, 15 de octubre de 2009

Quien me invade

Cuando ya no tuvieron lugar en la casa, se metieron en mi cuerpo. No miento. Lo hicieron. Yo sentí un cosquilleo en mi boca y me pareció que estaban entrando. Después me toqué suavemente el labio, y efectivamente noté una protuberancia y sentí movimiento. Y después, miedo. Ya estaban allí, y yo estaba allí, y mi casa infectada también estaba allí, infectada.
Miré a través de la ventana, y me pareció que afuera hacía frío y estaba peor. Afuera estaba peor que yo. Se veían partículas, verdaderos ejércitos de partículas que circulaban las cosas, las circulaban, las caminaban, las penetraban después. Los árboles, las otras plantas, las ovejas y los objetos como las sillas de madera y las mesas del jardín. Todo estaba afectado por una inevitable putrefacción. Yo miraba resignada, y veía como el mundo, tan frágil ahora, desaparecía lentamente bajo la voracidad de las minúsculas bestias.
De pronto, empecé a moverme involuntariamente. Las vi entonces en los cordones de mis zapatos, manipulándome, trepándome. Sentí hinchados mis tobillos, y advertí que ya me estaban haciendo nido allí. Traté de mantener la calma y de no rascarme.
Con cuidado, caminé hasta la cocina (acaso me llevaron ellas) y de un cajón saqué un cuchillo afilado. Me senté, y con delicada paciencia, aunque con dolor agudo, empecé a levantarme lentamente la piel de los pies. Efectivamente allí estaban. Había verdaderas colonias en cada uno de ellos. Me roían los huesos, y mordisqueaban mis venas con tesón, como si fueran pequeñas ratas devastando cañerías. Yo raspaba y hacía intentos vanos por desprenderlas, pero la tarea se dificultaba porque de tanto escarbar, todo se volvía un desastre entre la sangre y las costras.
Luego de unas horas de lucha desigual, me vi con los pies ensangrentados dentro de una olla, a la que puse agua y sal gruesa… remedio casero: ¿qué otra cosa podía hacer? Llorar. Llorar y resignarme. En un momento lo comprendí: sentí que no tenía salida. Nadie podía venir a ayudarme y yo no podía salir. Me dejaría morir. La idea cobraría fuerza más tarde.
Me acordé del labio. Lo tenía muy hinchado. Tendría que hurgar también allí. Así que cuando olvidé el dolor de los pies –que con seguridad perdería, como en el mejor caso de gangrena- comencé con la operación de la boca. No tenía espejo para mirarme, así que lo hice todo guiándome por las sensaciones. Metía una pinza donde me parecía que podían estar y así fue que al cabo de un rato, me hice un gran agujero que deformó mi cara. Por suerte no habían llegado a los dientes.
Los pies volvieron a arderme. Me arrastré como pude hasta la heladera y me eché mucho hielo. También en la cara.
La noche empezó a caer, al igual que yo, pero temía dormirme, porque por la radio había escuchado que ya había casos de invasión ocular. Y eso podía ser lo peor, ya que ciega y sola, estaría acabada, aunque después de un rato, repasando toda la situación y viéndome abierta en varias partes del cuerpo, la idea de la muerte volvió a tomar mis pensamientos. El pasado había quedado muy atrás y el horizonte… ya lo mostraba mi ventana. El presente era la devastación y era absurdo que sobreviviera. Esto no se iba a detener, así que tendría que rendirme antes. Miré a mi alrededor, al techo, a la ventana y otra vez al techo. Y no se me ocurría mejor idea. Entonces decidí que lo haría lentamente y por partes, para hacer más entretenidas las últimas horas de mi último día.
Empezaría con los miembros inferiores, ya que de los pies no quedaba casi nada. Algo de anatomía sabía, y me entusiasmó la idea de quebrarme por las articulaciones, como tantas veces lo había hecho con pollos. Pronto junté diversas herramientas y cuchillos de distintos tamaños, afiladísimos, que me gustaba coleccionar. Mucho hielo en palangana, agujas, gasas y alcohol de quemar.
El desguace de mi cuerpo empezó a las diez de la noche. Primero fueron las rodillas, pero después tuve miedo (y la verdad es que no se me ocurría cómo) desarmarme la cadera.
Algo inesperado ocurrió entonces: golpearon a mi puerta. La verdad es que en un momento me pareció una alucinación, ya que estaba medio atontada por el dolor y el olor a sangre. Por su puesto no atendí. Pero llamaron incesantemente, y como no respondía, ese alguien se acercó por mi ventana y supongo que se horrorizó al verme mutilada y rodeada de cuchillos.

miércoles, 17 de junio de 2009

La ventana del dentista


de la casa del dentista, no de la boca del dentista que es una ventana de su cuerpo, sino que es la ventana de su consultorio que es ventana de su consultorio.
Con la boca abierta, metal caliente, olor a alcohol y diente quemado; sumida a su mano, a su terrible y siniestra mano (dedos amarillos anicotinados, piel reseca de lagarto) miro por la ventana mientras me manipula de aquí y de allá, haciendo espacio a los costados, los labios abiertos, globo rojo que se inlfla y algo que me introduce, algo suave y abultado, como fórceps para abrirme las pequeñas fauces. Quijada de vaca flaca, de ternerito asustado. Mandíbula casi descolocada. La cara al límite de su deformación, líneas que se deshacen.
De los ojos saltan lágrimas, que me empañan la visión por momentos, pero cuando veo, con la mirada fija hacia la cortina que bailotea con el viento, de pronto aparece un reno, y después una señora con perrito, y más tarde una carreta repleta de zapallos rojos que caen por su peso y parece que se aplastan. Nada es extraño allí. Son cosas que se pueden ver mientras el dentista trabaja. De pronto un sillón verde muy mullido y de terciopelo, y un hombre que se sienta y lee un libro, y ahí se queda, también mirándome. El profesional me pide entonces que eleve un poco el mentón, de modo que estiro el cuello como un cisne, y ahí quedo, de frente al techo, y tal vez me pierda las morisquetas que mi divertido personaje me regalaba mientras estaba del otro lado del cristal. Me incomodo. No tanto por los movimientos bruscos que el curador de pequeños huesos me hace, sino por haber perdido la conexión con el barbudo de verde. Ahora hacia la pared izquierda, y algo que quema, mientras la baba se acumula en el foso de mi teatro. Siento que no puedo mantenerme más tiempo inmóvil en esa posición. Lo he perdido. Lo he perdido y me da bronca. El dentista me manipula como un títere. A lo mejor disfrute trabajando adentro mío, como si mi boca fuera el capó de un auto. Tijeras, tornos, agujas. Líquidos violetas. Olor a plástico derretido. Mi dentadura está sufriendo una transformación extraña. Todo falso. Mi sonrisa ya no será la misma.
Toma mi cabeza. La incorpora. La ubica otra vez en su eje. El hombre sillón ya no está. ¡Tan sola me siento!. Un buche y escupir medicamento. Dientes lustrados, piezas de piano. El hombre no está. Muerdo algo. El dentista se va. Me deja sola y otra vez me siento sola. Por la ventana veo ahora un carrito con rulemanes, dos muñecas embarradas, un funeral.
Salgo. En la sala de espera, otro paciente parece guiñarme un ojo. Firmo algo. Doy la vuelta. Tomo el picaporte. Escucho: ¿lo has visto?
Lo he visto. Cada viernes lo veo. Y por eso regreso.

jueves, 5 de marzo de 2009

La Abulia


Le diagnosticaron abulia /¿A quién?/ A Maricel. Está abúlica. Tiene abúlica la cabeza. Los últimos días en la casa, los pasó en una mecedora de paja verde mirando por una ventana que daba a una pared. Yo fui a visitarla y estaba ida, perdida… no sé… le dije que creía que tenía que salir un poco, distraerse. Pero ella: nada. Sofía me contó que su tiempo lo repartía entre esa mecedora y la preparación de bizcochuelos de naranja. No sabés la pena que me dio. Varias veces traté de conversar con ella sobre trivialidades, pero te sale con frases como: “¿Qué habrá sido de Plíades? o “¿Sabés? Yo quería ser como Marguerite Yourcenar”. Si uno le pregunta sobre lo dicho, ella te mira queda y te dice: “¿Me hablaste?” Y entonces es obvio que no tenía registro sobre sus palabras. Pobre Maricel/ ¿Pero está internada?/ ¿Quién? ¿Maricel? Está abúlica, abúlica de muerte. No se le va a curar eso. Otro día fui –por Sofía- para cobrarle una deudita que tenía conmigo desde junio, y noté que su cabeza –la de Maricel- estaba hinchada. Yo tomaba té con Sofía en el jardín de invierno. Ella pasó por detrás nuestro, lenta como una babosa, con una tonicidad de muerta. No nos saludó. Pasó vestida de amarillo, con un vestido de tul pomposo que la hacía parecer una muñeca. Al voltear (creo que quiso mirarnos) descubrí su cabeza ligeramente más abultada. Como un globo. Le pregunté a Sofía: ¿Está bien Maricel? Y ella contestó inmutable: Tiene abulia./ Abulia, repetí./ ¿Eso se cura?/ Sí, dijo, pero depende de la voluntad, y ya sabés… Maricel no tiene voluntad /¿No?/ No./ Pero yo te digo –y me responsabilizo de mi opinión-que ella está así desde que Pampa nos dejó./ A nosotras no nos afectó./ Bueno… a nosotras, pero Sofía desarrolló espasmos y Maricel… bueno, de su caso estamos hablando./ Claro. /Pero entonces ¿está en el hospital? No me dijiste./ Ah, bueno… estuvo, pero ya no. Parece que sí, como unos diez días, cuando la abulia se puso aguda. Dice Sofía que la cabeza se le había hinchado tanto, que ella misma tenía que acompañarla para que no se le fuera para atrás y se desnucara. Andaba con un cuello ortopédico y una vara que la sostenía. Pero no aguantó más y tuvieron que internarla para drenarla./ ¿Y qué le sacaron, líquido?/ No, aire. ¿Podés creer? Le pusieron un catéter, por allí pasaron una aguja y con una máquina le extrajeron el aire/ ¿Y eso afectó sus funciones neurológicas? /No lo sé… a lo mejor… Sofía dice que desde que le atacó la abulia, Maricel no fue la misma, pero yo digo que no es la misma desde que Pampa nos dejó./ ¿Y por qué Pampa nos dejó?/ No lo sé. Parecés un chico preguntando: “por qué, por qué”… Y yo qué sé… un día se fue, como se van las cosas. Te cuento de Maricel. /¿Se curó?/ ¡Nooo! Te dije que está abúlica. La abulia no se va. La internaron-la drenaron-volvió a su casa- no volvió Pampa-volvió la abulia. /¿A nosotras también nos puede agarrar?/ Si no nos cuidamos, si./ ¿Y de qué hay que cuidarse? /De que te agarre la abulia/ ¿Y como te agarra?/ Si tenés las defensas bajas, si estás deprimida, si extrañas mucho./ Yo extraño mucho a Pampa./ Entonces pensá en otra cosa. A Maricel al principio la salvaron las tortas de naranja./ A mí no me gusta hacer tortas./ Ponete a tejer. No hay que sentarse en las mecedoras. /¿Y Sofía?/ Ella ya se está poniendo abúlica, pero lo disimula./ ¿Estamos en riesgo?/ No, si nos movemos todo el día. Si nos movemos todo el día no va a pasarnos nada./ Pero yo si me muevo mucho me canso./ Cansarse es señal de abulia. Hay que cuidarse, cuidarse de no cansarse. Moverse, aunque sea estéril. Pero hay que tratar de no ser estéril, sino te volvés abúlico. /¿Corremos peligro?/ Si, porque las chicas contrajeron la enfermedad y porque Pampa ya nos dejó a las cuatro. /¿Entonces?/ Vamos a seguir conversando, así no nos ponemos abúlicas. ¿Te dije que le diagnosticaron abulia? /¿A quién?/ A mí.

martes, 20 de enero de 2009

De atrás para adelante y así

¿Adónde vas con eso?
(un hurón se mueve risueño)
Es una pregunta. ¿Adónde?
(Pero no me contesta. Hace una valija. El hurón salta la verja)
Empiezo a llorar en su indecible silencio.
Me quedo sola.

¿Adónde?

La casa se hace grande. Las paredes se alejan. Y la puerta, cerrada tras sus pasos, se clausura, se sella. Hacia acá, como si hubiera pasado un tiempo sin cuidar el jardín, crece la maleza. Todo se enmaraña y quedo atrapada en esta jungla amarilla de yuyales y pastos largos. Inmóvil, miro en dirección a la puerta que ya las plantas no me dejan ver (pero que está allí. Yo lo sé. Está allí)
Toda una vida pasa ante mí. De repente, el derrumbe. Caen las paredes de la casa. Se desploman como los merengues de una torta. Afuera se ve el cielo y un camino. Todavía estoy quieta, pero conmovida. Un impulso hace que corra. ¡Ahora! Y de pronto mis pies tropiezan con muebles en desuso y ropa vieja. Lloro porque extraño al hurón. Me doy cuenta que no tengo más que lo puesto y que no tengo cocina. ¡Tengo que encontrar una cocina! Ah, si. Tengo que encontrar eso. “Ting”, el caldero para procesar el alimento.
Me siento animada.
Un pedazo de espejo me devuelve un rostro que no parece mío. Entonces no soy yo.
Liviana, pichoncito, vuelo hacia donde estaba la casa para buscar ollas y utensilios. Al regresar, me ha crecido el pelo y piso el suelo de un lugar nuevo con zapatos lustrosos que estoy estrenando.
Ahora tengo una ventana y mi cama huele a pan recién horneado. En mi cuerpo la ausencia se hace carne. Sonrío apenas por las mañanas porque sobreviví a la tormenta. Me refugio en un rincón del mundo. Me conmisero de mi soledad.
Extraño demasiado al hurón risueño que se aleja.

martes, 18 de marzo de 2008

Un lugar de por acá

De afuera parecía un lugar muy pequeño: la puertecita que invitaba a entrar, era graciosa por su diminuto picaporte tallado en madera, y por su tamaño, hacía pensar en un reducido espacio hacia adentro. Tan chiquita era la puerta, que tuve que agacharme para poder pasar.Del otro lado todo era diferente a lo que había imaginado. No sé... quizás por los detalles de construcción de la tienda había pensado que el sitio sería más acogedor, más cálido, con olor a abuela y a pan recién horneado... no sé porqué pensé eso. Qué idiota. El lugar era horrible. De la humedad que había no se podía respirar, y aunque el local era más grande de lo que pensé, estaba abarrotado de cosas que invadían el paso como plantas salvajes. Lanas, hilos de colores, cintas, y agujas salían a borbotones de las cajas y los estantes. Eso era verdadera contaminación visual. Y también había de la otra, de la olfativa, porque el olor a perfume de vieja y a naftalina de ropa recién rescatada de un ropero, provocaba náuseas, aunque el efecto más devastador provenía de los personajes que allí habitaban. Sí, es importante decirlo, porque aunque áquel fuera un comercio, y uno pudiera pensar que como tal, la gente va y viene, puedo asegurar que estos seres moraban allí, es decir, constituían parte del paisaje, le daban sentido, lo resignificaban. Yo era la extraña, yo no era habitué, ni huésped ni familia. Yo era una forastera, una extranjera, una intrusa, que no era parte de su mundo (ni lo sería) y que había entrado allí por error. Ahora tenía que ver lo que tenía que ver.Había cuatro o cinco vendedoras-viejas-gordas-anticuadas que caminaban de aquí para allí con paso lento y parsimonioso y sonreían levemente cuando concretaban una venta o encontraban una tela nueva. Hablaban un léxico raro pero preciso, y se entendían perfectamente con sus clientes de siempre. Entre corte y corte, había espacio para contar un chimento y espirar alguna queja, o lo que es peor, para hacer catarsis por alguna dolencia o pariente enfermo.
Yo escuchaba.
Por un buen rato, creo no haber sido vista, y esto me permitió observar las características que ahora estoy relatando. Al principio fui un espectador privilegiado, y lo que antes me había parecido inquietante, poco a poco fue volviéndose siniestro. A mi lado (en todos los rincones, metidas entre los objetos) había señoras mayores de edad con vestidos pasados de moda y maquillaje excesivo que chorreaba de sus rostros como pintura arruinada por el agua. Hacían gestos exagerados que denotaban aún más las arrugas y la piel suelta como sobrando. Por lo que oí de sus voces chillonas-ajadas-cascadas, las conversaciones giraban en torno a temas triviales con un fuerte acento en la denuncia, la soledad y la envidia, el todo tiempo pasado que fue mejor y unos modelitos nuevos copiados de la revista Tejidos nº 23.
El murmullo era insoportable. Lastimaba los oídos. Daban ganas de salir corriendo de allí. Todo era asfixiante. Los sentidos ya empezaban a perturbarse.
Yo me descomponía.
El tiempo no pasaba nunca. La gente parecía no tener apuro, y deambulaba con lentitud entre los mostradores, en actitud de cóctel, un cóctel de té con masas y música rayada de fonola, al que no había sido invitada. Alguien lo advirtió y me señaló desde lejos. Me puse nerviosa. Vi que otras empezaban a hacer lo mismo, entonces ya sentí incomodidad. Una mujer bajita y decrépita, que apareció como de la nada, se acercó hasta mí y preguntó si necesitaba algo. Hubo silencio. Las otras callaron por fin, detuvieron sus movimientos y clavaron su mirada débil en mi cuerpo.Respondí tontamente que buscaba unos botones dorados, pero que podía volver en otro momento. Quise escapar, pues sentí agobio y algo de miedo, todavía sin saber muy bien porqué. “No, no”, respondió la viejita con excesiva amabilidad. “Quédese”, y me agarró del brazo, casi obligándome. Insistí en que volvería más tarde, pero entonces una gorda tuerta que venía caminando con bastón desde el fondo del local, empezó a gritar, y por un momento dejé de ser el centro de atención. La tuerta venía arrastrando a una nena renga que parecía ser su nieta, y a un hombre down (el único hombre) que amenazaba con bajarse los pantalones. Irrumpieron en la escena peléandose y haciendo un escándalo que causó indignación y desprecio entre la clientela. Entonces una mujer morsa de unos sesenta años -quizás la más joven del lugar después la niña y yo- emergió de detrás de un mostrador secundada por otra igual a ella, y juntas se dirigieron hasta la tuerta y le dijeron algo al oído. Me pareció que la intimidaban. Después me di cuenta de que la habían echado, a ella y a su familia, que se fue sospechosamente por una puerta trasera acompañada por la gemela de la morsa. Para ese momento la escena me sonó preparada, sentí que esos personajes habían sido puesto como para enseñarme algo, como para darme una lección.
Entonces se acordaron de mí.
La viejita decrépita miró a la mujer morsa como buscándola y la mujer morsa vino hasta mí. Me preguntó en tono inquisidor quién me había dado la dirección del local. Traté de explicar que había llegado ahí confundida, pero no me creyó. Sentí que las otras coreaban la pregunta “¿Quién?”, y de repente escuché esta palabra como un rezo que pedía por favor una respuesta. Nadie. Quién. Nadie. Quién. Exhausta, señalé a una señora al azar. Ella tenía puesto un sombrero con un mono de peluche azul que me había llamado la atención desde el principio. Dije con firmeza: “La señora del mono azul”, entonces las miradas se volvieron hacia ella. La señora apenas pudo defenderse de la acusación, pues en seguida se vio rodeada de otras cuantas que comenzaron a pincharla con agujas de tejer crochet nº 3, como castigo. El sombrero cayó al suelo. A la señora no la volví a ver. Me sentí responsable, pero tenía que decir algo. La morsa volvió a atacar: “¿Y a qué vino?” Volví a responder lo de los botones dorados, pero el clima se ponía cada vez más denso. Nadie me creyó. “¿A qué?” Había que volver a pensar en la pobre señora del mono azul. Como soy muy suspicaz ya había advertido que esa gente formaba parte de alguna especie de secta de la tercera edad y que yo no tenía que estar ahí. Me disculpé. Dije algo así como que la señora del mono azul era mi vecina y que un día había mencionado el lugar como al pasar, y que yo sentí curiosidad... pero el relato no fue convincente y pronto las tuve encima como en la escena anterior las había tenido la señora del mono azul. Me golpearon fuertemente con sus zapatos puntiagudos y me pidieron que me fuera por donde había venido. En ese momento sentí alivio, pues pensé que esto por fin había acabado, pero entonces una octogenaria de batón de plush violeta me impuso un nuevo castigo: me obligó a punta de tijera a estirar los brazos, y sacando una gran madeja de lana amarilla, empezó a desovillarla usándome como carretel humano. Las otras volvieron a sus antiguas posiciones. Yo lloraba inmóvil con los brazos acalambrados estirados hacia la vieja. No sé cuánto estuve ahí. Sé que me desmayé y que no recuerdo más.Sólo después de un tiempo de regresar a casa, comencé a tener flashes de aquel día fatídico. En mi ropa quedó impregnado un olor a humedad y a perfume dulce de violetas que todavía despierta sensaciones de mucha angustia. Ese olor me hace pensar que fue verdad, que no lo soñé, que estuve ahí. No sé cómo ni porqué pero estuve ahí. Pudo haber sido a la vuelta de mi casa o en un sitio lejano. No importa ya. No quiero volver, pero tengo miedo porque sé que dentro de muchos años pasará lo inevitable.


(2006)

martes, 2 de octubre de 2007

Afuera es peor

Entonces sube los peldaños crujientes de madera podrida. Las ratas y las otras alimañas se escabullen debajo, como si pudieran reconocer de quién se trata. El orden y la quietud que se habían establecido en esa casa por años, se rompen con los pesados pasos de sus zapatones ortopédicos. Un polvillo se levanta y lo hace toser. Se detiene en el rellano, continúa con dificultad y abre la puerta que no tiene traba ni llave. Él sabe porqué.
La casa ahora parece abandonada. Está silenciosa, pero por momentos se oyen extraños sonidos que no pueden identificarse, como de animales o cosas que andan por las paredes o los techos.
Los muebles están en su lugar, intactos. Hacia el fondo se ve una mesa tendida como si alguien hubiera comido recién. Los portarretratos con las fotos de la familia, están invertidos. Así las caras no pueden reconocérseles. El también sabe porqué el detalle es importante.
La puerta del baño está ligeramente entornada. Teme abrirla, pero lo hace y adentro no hay nadie. Pareciera que alguien hubiera estado usando el agua recientemente. El aspecto de la casa por dentro no se corresponde con lo que se ve por fuera. El adentro y el afuera nunca se corresponden.
Sigue escuchando ruidos. Enciende una linterna. Sube las escaleras internas. Sabe que llevan a los cuartos. Arriba el silencio es absoluto y asusta el frío que hace en las habitaciones. De una de ellas, sale una música como de los cincuenta, aparentemente de un tocadiscos. Se acerca con cuidado hasta la puerta y el sonido se desvanece. Entonces retrocede confundido, y atraído, porque ahora escucha que en el salón principal de abajo alguien parece estar riéndose. Se asoma y no ve a nadie. Ahora la risa también desaparece. Baja entre entusiasmado y temeroso. En la cocina se oyen ruidos de platos. Se encuentra ensordecido. Parece que la casa tomara vida, o parece que hubiera vida en la casa. Teme que sea por él. Entonces se sienta en la mitad de la escalera y empieza a recordar un pasado lejano y llora largamente. Olvida para qué había venido.
Quiere irse, pero no se anima. Algo lo atrae, lo ata, lo inmoviliza. Quizás sienta culpa. Camina con paso cansino y se acerca a una ventana con cortina rota. La mueve con su mano izquierda y ve un jardín muy descuidado. El pasto está alto y los yuyos han invadido la fuente y los bancos. Esa imagen lo perturba. Entiende algo. Trata de recordar cuál era la puerta que llevaba al jardín. La casa es grande. Camina y se tropieza. Se ha lastimado una pierna. De un raspón le sale sangre. Se impresiona. En su cabeza une partes. Alguien parece estar en el comedor. Gira su cabeza: nadie. Era por el garage, sí, o por el costado de la cocina más pequeña. Ahora los ruidos de adentro lo atormentan. Quiere salir, pero no al jardín. Pero sí, hay que ir al jardín.
Sale.
Allí la tierra está rara, como amontonada. La casa desde este lugar se ve más siniestra, o es él, el que se ve así estando afuera. Llora arrepentido. Ahora sí, quiere salir, desea tener la fuerza para correr como aquel día. ¿Por qué volvió? Tiene miedo, de quedar loco tiene miedo. ¿Por qué lo hizo? Mira la tierra removida, los vestigios desgastados de la cinta policial, la hamaca rota. No hubiera querido estar allí, no en este momento, ni antes. Pero el tiempo no vuelve atrás, o sí, y ahora puede enfocar esa imagen: la de los gritos y la sangre. La lluvia y la pala. El pico. Las bolsas plásticas.
Se tira al suelo y desgarra la tierra con sus manos. Eso no había tenido que ser así. Hace un pozo. No los encuentra. Pide perdón. Mira la casa, a las ventanas, a la de los cuartos, como queriendo encontrarlos ahí como antes, como esa noche, caminando naturalmente, yéndose a acostar.
Pero el tiempo no vuelve. La casa está apagada. Afuera y adentro ahora son lo mismo. Ya no hay lugar adónde estar. Entonces mete la cabeza en el pozo, como esa noche, sólo que esta vez, no huye.

Sorpresa de cumpleaños



De la torta de cumpleaños salieron dos polillas enormes, juntas, pegadas, intrincadas, gemelas, con unas alotas gigantes que se desplegaron rápidamente asustando a los invitados y al niño que se disponía a soplar las velas.
Emergieron del pastel haciendo abrupta fuerza por salir de la crema y se menearon frente a todos sembrando estupor. Sus cuerpos amarronados despedían una especie de polvo brillante que pronto se esparció por el lugar provocando toses y estornudos, y sus cabezas de gusano se retorcían asquerosamente, como burlonas. Su tamaño era inusual: podía vérseles perfectamente la boca, una boca que engullía bizcochuelo y dulce de leche, una boca-torno-agujereadora que amenazaba ahora con seguir devorando lo que se pusiera ante su paso. Era horrible pensar que habían estado morando allí adentro, en la torta en que la madre de Sebastián, el cumpleañiero, había estado trabajando toda la noche. La torta estaba apolillada, horadada por estos bichos invasores, y el episodio había arruinado la fiesta. A nadie le causó gracia la exhibición de tamaños insectos. La gente dejó de cantar. Se sorprendió, y después se asustó y después se indignó (todo en ese orden) Algunas madres de otros niños, comenzaron a prestar minuciosa atención a la higiene del lugar. Observaron vasos y mesa, pisos y ventanas y pronto se vieron recorriendo todo el perímetro de las habitaciones buscando pruebas como si fueran inspectores del Estado. Los niños dejaron de jugar, Sebastián lloraba y su madre se moría de vergüenza acorralada por las miradas en un rincón de la casa. Mientras tanto, las mujeres adueñándose totalmente del sitio, habían desplegado en cuestión de segundos una comisión investigadora que merodeaba con malicia y metía sus narices en cada mueble y cada objeto. Después de recorrer el baño y la planta alta, una de ellas, con voz grave, dijo: “Acá hay nido. Hay que encontrar el nido”. Entonces la música dejó de sonar, se destendió la mesa, se incautó la torta como prueba, se tiraron los vasitos plásticos y la gaseosa, y todo lo que fuera comestible. Luego se procedió a desmantelar todo el área. Los niños fueron llevados al patio junto con Sebastián, el anfitrión. La madre fue obligada a mirar y a autorizar aberturas de puertas y cajones sospechosos. Pronto la casa estuvo tomada y al cabo de un rato nada quedó en su lugar. Las mujeres se metían como ratas en los recovecos y escarbaban con el objetivo de encontrar polillas o insectos peores. La líder, seguía diciendo: “Hay que encontrar el nido. Acá hay nido”, pero el nido no aparecía y esto empezaba a ponerla furiosa. La madre lloraba de la impotencia al ver cómo iban destrozando su casa: primero las polillas y ahora ellas. Las polillas, las supuestas polillas... Y ahora ellas, las mujeres, las madres guardianas del bienestar y la sanidad. Las supuestas guardianas... en cuestión de horas... un hogar destruido... las polillas. Acá hay nido. Hay que encontrarlo. Entonces con herramientas improvisadas, el pequeño ejército picó paredes y pisos y techos. Como enormes polillas fueron taladrando lo que se veía sólido. Hicieron agujeros, rompieron por gula y cuando estuvieron convencidas de que ya no podía hacerse más nada, se marcharon con las bocas deformadas de tanto comer, presumiendo, como lo habían hecho antes las polillas de la torta.
Se hizo la noche.
Los niños quedaron olvidados en el patio.
La torta se fue pudriendo a un costado, junto a la madre de Sebastián.

El matrimonio


La mujer gorda estaba encajada en la reposera, con su barriga prominente mirando hacia el sol. Un gorrito desprolijo le caía sobre la frente. Las piernas desparramadas a los lados, desinteresadamente se enterraban en la arena hirviente. Una revista de chimentos abierta, sobre el abultado pecho pecoso.
Se mantuvo así largos minutos, echada como una vaca lánguida, despreocupada por despertar sensualidad. Después se incorporó con dificultad y se secó la frente transpirada. Tomó un sorbo de una gaseosa azucarada, y otra vez se tumbó en la reposera, que con valentía aguantaba la carne fofa y vieja.
Al rato, un señor flaquito y peludo, con un short cuadrillé y los músculos flaccidos, se acercó hasta la sombrilla clavada a un lado de la reposera con señora.
-Ey, Martha. Vamos al mar- le dijo.
- No me rompas las pelotas- masculló la vieja en un castellano deficiente.
-Dale, Martha, acompañame. Volvió a repetir el hombre con un acento que quería parecerse a la ternura.
-Te dije que no, viejo. Andá solo –bramó enfadada.
-Está bien, no te enojes. Pero es que hace más de una hora que estás ahí tirada…
-¿Y qué? ¿No puedo hacer cosas sola, yo? –dijo cada vez más enojada.
El señor se alejó en dirección al mar. Ella se volvió a acomodar, esta vez resoplando un poco.
Pasó una hora más.
El señor volvió. Se acercó a la mujer y le sacudió el brazo.
-Martha, Marthita.
-¿Qué?
- Vamos a caminar.
-Bueno, ayudame – dijo tratando de levantarse.
Hicieron algunas maniobras complicadas. La mujer estaba literalmente encajada entre los caños. El hombre flaquito hacía mucha fuerza. Finalmente lo logró. Ella se levantó protestando. Se quitó el gorro y luego se acomodó la remera de manera que le tapara la panza que le salía hacia fuera. Su cuerpo tenía la forma de un pato gordo, o de una gallina grasosa.
Era obvio que hacía años que no había sexo entre ellos. Domingos de asado y días que transcurrían entre la televisión prendida y la cena a las nueve.
Juntaron los objetos de playa y partieron discutiendo por nimiedades.
Mañana la escena se repetiría.

Lo que siempre estuvo frío

Lo que siempre estuvo frío
(Mención Especial Certamen de narrativa "Gustave Flaubert" 2007)

En la gran luz acuosa que lo envolvía, flotaba hacia él una cara de muerto hacia arriba: una cara de muerto con sus mismos ojos ligeramente saltones abiertos: la cara de su madre muerta, como la había visto por última vez, con los ojos blancos abiertos sobre la almohada blanca, y vacía hasta de su amor por él.
La miró tantas veces, hasta sumergirse, literalmente, en la bañera que la contenía. Le dio un beso mojado y sintió el espanto de lo frío de la piel. Entonces, metió también sus manos y la abrazó. El cuerpo parecía lleno de agua, pesaba toneladas. Mamá, mamá.
Los ojos intactos.
En la habitación hacía frío, hacía horas
que
estaba solo,
con el cuerpo.
Y no se había dado cuenta de que la noche había caído.
La luna había salido sin ella.
Las estrellas brillaban igual.
La habitación ahora estaba helada. El silencio sepulcral, por momentos se cortaba con el sonido del agua, cuando él advertía todo y movía a la mujer incansablemente como queriendo despertarla.
O cuando lloraba.
Gritaba, como un bebé,
como antes,
esperando que su madre lo cargara en brazos para sentir el alivio. Pero las manos estaban desparramadas hacia los costados, inertes, inmóviles y frías.
FRÍAS. FRÍO TODO. HIELO.
Mirame mamá. Los ojos tenían escarcha. ¿Estás llorando? ¿Mamá? Nunca te vi llorar. Pero los ojos seguían ahí, sumergidos, vidriosos y sin pestañear. Él sacó un pañuelo: para ella; no para él. Tomó la cabeza con cuidado entre sus manos y trató de secarle las lágrimas que le vio en el rostro pétreo. Después la sentó, y pacientemente le secó toda la cara. Así está mejor, mamá. Podés contarme porqué llorabas. ¿Qué te duele? Vos nunca me decías cuál era tu dolor. Yo nunca te dije cuál era el mío tampoco. ¿Querés que te cuente? El cuerpo se deslizó bruscamente hasta quedar otra vez por completo bajo el agua. Gritó durante largos minutos, sin parar, hasta que sintió que la garganta se le deshacía. Después se calmó. El agua quieta. Su madre quieta.
Los ojos quietos.
Silencio profundo, nocturno.
Oscuridad.
Cuando ya no pudo ver bien el cuerpo, el pelo ligeramente ondulado bajo el agua cristalina, advirtió que había pasado mucho tiempo allí, y tuvo hambre. Encendió la luz, y cerró un poco la puerta, porque quería un momento íntimo, y porque le pareció que así haría menos frío. Pero no. Tocó el agua: estaba helada. Nos vamos a congelar. Seguro te estás congelando. Abrió la canilla de agua bien caliente. El vapor trajo alivio. El agua corrió hasta que rebalsó la bañera e inundó la habitación.
El cuerpo flotaba.
Cerró el grifo.
¿Ya no podés sentir el calor, no? No estás ahí. Me dejaste solo. Estoy solo con eso que no sos vos. Con el cuerpo vacío ¿no? No estas ahí. ¿Alguna vez estuviste, mamá? ¿Y yo? ¿Yo estuve ahí, en tu cuerpo, en tu vientre ahora viejo?
¿muerto?
Por primera vez aceptó que ese era un cadáver. La piel estaba demasiado blanca y el rostro parecía esculpido por uno de esos excelentes artistas que copian muy bien las arrugas demostrando signos vitales, pero sobre la piedra. Era una perfecta escultura muerta. Una reproducción exacta de lo que había sido su madre. Pero no era. Se convenció de esto, y entonces lo atrapó una idea que lo entusiasmó: iba a abrir el cuerpo para ver qué tenía adentro, como si esta autopsia improvisada pudiera servirle para encontrar ahora lo que no había encontrado antes.
Caminó con cierto apuro hasta la cocina y buscó cuchillos afilados. Luego, volvió al baño y con dificultad sacó el cuerpo, hasta ponerlo por completo en el suelo también mojado. Allí le sacó el vestido, y lo primero que le miró fue la panza. Esto no te va a doler. Ya te lo hicieron una vez.
Realizó la primera incisión como si fuera un cirujano. Fue precisa y profunda. La sangre empezó a salir.
No sabía qué buscaba.
La vació de órganos. Una vez que terminó con la parte abdominal, continuó con el pecho. En ese momento lloró, pero otra vez se convenció de que su madre no estaba allí. Entonces siguió. La vació por completo.
No encontró nada.
Furioso le tomó la cabeza y mirándola a los ojos siempre blancos, le gritó: “¿en dónde? ¿en dónde?”. En ese instante la puerta se abrió. Su hermano lo encontró tirado junto al cuerpo. El habitáculo estaba frío, inundado por el agua y la sangre. Él, no dejaba de golpear la cabeza de su madre contra el azulejo, enceguecido en su acto demencial y de angustia, tomado por la tristeza como ningún otro ser humano.

Proceso

Ana viene del patio de atrás, y dice “murió el perro”. No lloro y no quiero ir a mirar. Camino hacia la ventana, corro el cortinado, después abro la persiana y afuera es un hermoso día de sol. Por ese romanticismo que oculto en mí, y que a veces aflora, me siento enojada: hubiera querido que lloviese, o que llueva, que el día este gris, que no haya color en la vereda. Pero el sol acaricia las cosas y también a un perro que juega en un charco de agua, tan feliz o tan perro, y a mi perro, toca en vano, cuerpo muerto que nunca sentirá su calor.
No quiero recordar. Abro la puerta. A nadie aviso que voy a salir, sólo voy a caminar un poco. Afuera me doy cuenta que mis ojos están raros, secos pero raros. La mirada no es triste, es áspera: se posa en algo y lo raspa. El auto duele, el árbol duele, el señor del puesto de diarios duele. Voy rayando todo a mi paso. Decido cerrar entonces los ojos, así no voy a lastimar a nadie y no me va a doler, pero adentro está mi perro. No lo vi muerto, pero lo imagino. Su lengua quieta, sus patas desparramadas a los lados de una panza escalofriantemente inmóvil. Me detengo en esa imagen, ingreso en la ensoñación y lo acaricio. Su temperatura aún es templada, lo que por un instante me hace dudar, pero es mentira. Para asegurarme, lo muevo un poco con mi pie izquierdo: muerto. Ahora sí, me agacho y quiero abrazarlo, pero entonces el animal se mueve y abre su bocota y quiere comerme. Grito. Abro los ojos. Estoy en una plaza. No quiero volver a cerrarlos. A la noche voy a tener miedo de dormir. Abro y cierro los ojos, pestañeo, pruebo a ver si todavía las cosas raspan. Se siente bien. Deseo retornar a mi casa, pero entonces ahora todo es agua. Todo chorrea. La casa amarilla chorrea, el pasto chorrea, la mujer con la bolsa de plástico chorrea. No puedo ver bien. Me siento en una esquina. El asfalto es agua, mis pies son agua. Con dificultad alcanzo a ver unos peces, lindos, pequeños, de muchos colores: los hay azules y verdes. Intento perseguirlos, pero van muy rápido. Camino haciendo equilibrio en el cordón de la vereda mojada, los acompaño unas cuadras más, pero se los traga un bocacalle. Uno de ellos sobrevive y va a parar contra un tumulto de cosas rotas, de basura, de gomas de auto, de cajas. Todo bajo el agua. El pez esquiva los obstáculos, pero más adelante choca contra el cadáver de un perro. Me detengo. Cierro los ojos para no ver. Espero. Intento con el mecanismo anterior para comprobar si funciona: pestañeo, vuelvo a abrir, pero ahora el agua es demasiada. Veo manchas, la mancha de algo quieto en el suelo, la de mis pies, la de la calle. Quiero volver a mi casa, aunque no sé si en este estado voy a poder. Resuelvo entonces sentarme junto a la mancha, imaginando que pertenece a mis recuerdos, y lloro, lloro mucho. Los ojos se van limpiando, tanto, que puedo ver que la mancha quieta no es más que ropa vieja. Siento alivio, aunque tristeza. Ya puedo regresar. Al llegar, le digo a Ana que estoy lista para el entierro.