Ahí estaban las pagodas, a risotada limpia comiendo pan dulce entre los formularios B y los expedientes para mandar a la 316. Sus bocazas pintorroneadas de color fucsia aspiraban humo a la vez que fruta abrillantada que escupían para uno u otro lado si es que la fruta estaba muy verde. Hablaban bla ble bli de formas incómodas, de quejudas noticias, todas en cliché opinando sobre sandeces. Todas asintiendo: “oh, si. Oh, si” ¡Qué raza las pagodas! Gordas como barriles, buenas que no le hacen mal a nadie, superficiales que se trasparentan, mediocres que da lástima. Pero… pilares… ahí están… sosteniendo tantas cosas. Ahí están y son necesarias. Una en cada casa. Ahí estaban.
¿Pero para qué seguir describiendo una pagoda si ya todos las conocen? Lo importante es hablar de esa situación, la que pasó el 31 de diciembre en la oficina de Pagoda Ramírez, a las 11:00 AM cuando de repente, sin que nadie se lo esperara, se declaró el asueto.
Cacarearon de felicidad. Cerraron la ventanilla de atención al público. Pagoda 1 sacó un álbum de fotos, y Pagoda 2 aprovechó para vender sus chucherías. Ramírez no daba a basto con las tareas. Cerraba carpetas aunque estuvieran incompletas. Mari abría un pan dulce, y Mirta preparaba el escritorio. Entonces pasó. Que pagoda Ramírez colapsó. Así de repente, lo vio todo: su apuro y el de las otras. Alguien golpeando incesante la ventanilla que no abrirían, y el calor de la oficinita sin aire. No se sabe qué le ocurrió (tal vez el pan dulce rancio de segunda marca) pero se quedó dura. Fue como un frío que le paralizó el cuello. Alcanzó a decir “ay” y ya estaba en el suelo. Con silla y todo. Cayó para atrás y su cabeza rebotó como una pelota. Por un solo momento, único momento inédito en el historial de esa oficina, las pagodas se callaron. Hubo silencio y después revuelo. Pagoda Ramírez ya no respiraba. Sonaron los teléfonos. Se rumoreaban todo tipo de cosas. Emergencias Médicas no tardó en llegar aunque igual fue tarde. Improvisaron una camilla, la revisonearon y mironearon. Todas comentaron y se compadecieron. Cinco minutos de conmoción tremenda en aquel piso 13. Hasta que no hubo más que hacer. Pagoda 1 tomó el teléfono para comunicar un poco ansiosa la noticia a los familiares. Ensayó el discurso hasta que le salió. Pagoda 2, lamentó la fecha y dijo algo sobre un Vitel Toné que Pagoda Ramírez debía terminar para la noche. Entonces ocurrió: que Pagoda Ramírez parece que escuchó y su deber de Pagoda la trajo desde el más allá. Vino desde tan lejos tan rápido como pudo, con tos convulsa. Abrió los ojos como huevos y expectoró una nuez que pegó contra la pantalla del monitor que había quedado encendida. Otra vez silencio. Se incorporó confundida y mencionó algo sobre unas ventanas que nadie comprendió. El alivio se sintió en la risa y los abrazos de las otras Pagodas que pagodeaban.
Pagoda Ramírez hizo el vitel toné y decoró la mesa. Comió maníes a rabiar y champaña con gusto a fresa. Al otro día no se levantó. Había cumplido con su destino de Pagoda.
1 comentarios:
MIRADA
Si pongo mi mano en tu rostro
me mirarás con la distancia
de un sueño que se va.
Puedo vislumbrar el valle que nos separa.
En un extremo estás de espalda
y yo te miro como quien perdió el tren
y llegará tarde a una cita.
El paisaje es un plantío de tulipanes
y al mirarlos de cerca descubro que son metálicos.
Pongo mi mano en tu rostro.
anuar iván.
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